Notas para un diario 226 (Ginebra,2)

Matthias me pidió que le trajera a Albert unos paquetes de thé des caravannes; en la tienda encuentro también una postal con esta imagen que envío rápidamente a los más queridos. Sin mensaje, ni nada. Es el color lo que me gusta. Ni eso de que la vida es un jardín de senderos que se bifurcan, ni nada de nada. Tonterías. Yo querría ser como aquel pintor de la leyenda china que, tras siete años de trabajos en un paisaje, finalizó su obra, recogió sus pinceles, se los cargó en el cinturón, se alejó, la contempló en silencio durante unos instantes y franqueó la tela desapareciendo para siempre en las montañas que había esbozado con tanto primor. Ya sé que eso va contra las leyes de la física, pero ¿no estará prohibido soñar, no? Desaparecer, borrarse, ser nadie. Como Ulises.

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