Notas para un diario 223

-Álvaro, qué contenta estoy, he descubierto algo importante.
-Ah, ¿si? Cuenta, cuenta.
-He descubierto un argumento definitivo que demuestra la inmortalidad del alma.
-…
-Mira, se trata de lo siguiente: es la voz, la voz humana, ¿te has fijado? No cambia.
-¿Cómo que no cambia? ¿Qué quieres decir?
-Pues eso, si te fijas, la voz humana apenas cambia a lo largo de la vida, y está ahí, ahí está el reflejo de que el alma es algo invariable, fijo, definitivo. Se expresa en la voz y en su inmutabilidad…
Me disponía a contestar algo a esa afirmación entusiasta cuando el taxista, que buscaba a tientas el número de la calle de París a la que nos dirigíamos, dio un brusco frenazo. Empecé a notar el efecto de los dos wiskis de malta each que mi amiga y yo nos habíamos endingado ya en su flamante apartamento con vistas al Luxembourg.
Ahora, tras introducir el code, menos mal que ella tiene buena cabeza, nos esperaban cuatro pisos y cuatro tramos de escalera de esos inacabables y, como los había ascendido muchas veces antes, decidí guardar las pocas fuerzas que me quedaban, no fuera a ser que el alma se me saliera literalmente por la boca. Conocedor de la física y de la metafísica griega, era más que sensible al argumento pero cuando se trata de sobrevivir y de no quedarse sin aire, prefiero ser prudente.
Alcanzamos la altura deseada entre risas y resoplidos y nos esperaba con su sonrisa franca nuestra anfitriona. Fue verle y recordar de golpe la pregunta con la que termina su libro esencial sobre el alma: “Quel médecin de l´âme aujourd´hui nous en guérira-t-il?” (Histoire naturelle de l´âme). Con su inteligencia habitual, intuyó que nos traíamos entre manos algo importante y nos preguntó de qué se trataba. Después del paréntesis alpino, le comunicamos el contenido de nuestra charla.
Y allí estábamos, en el barrio primero de París, a dos pasos de la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias en la que sucede el milagro de La leyenda del santo bebedor (nunca más a propósito), rodeados de cuadros de Zoran Music y otros pintores venecianos, de libros, un grupo heterogéneo de amigos y amigos de amigos que nos pasamos la noche, champagne viene, foie va, hablando de la inmortalidad del alma. Me preguntaba si eso no sería directamente, en una cena en España, un acto de profunda mala educación. Creo que sí: una amiga mía, hace una semana, me propuso ante una cena que habláramos de qué significaba para cada uno la Navidad. Me hubiera encantado pero… . Por lo visto hay que estar en París para hablar de ciertos temas que no sean el fútbol, la política, la economía, el golf o la casquería. Me sentí a la vez alegre por estar allí y triste por todo lo en que mi país se deja de lado.
Parecía, de verdad que aquello parecía, el interior de una película de Rhomer.

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