Antonio López: a propósito de un genio

Recibo en el correo de mi teléfono unas líneas sobre Antonio López. Me las manda Antonio Rodríguez-Pina, uno de los dos o tres lifetime friends con los que la vida me ha regalado. Antonio dirige un banco importante en España y fue quien me introdujo a mí en el amor al arte contemporáneo (en su caso esto es mucho más que una simple afición). En cuanto he leído sus consideraciones sobre el pintor de Tomelloso, no he dudado en pedirle que por favor me dejase reproducirlas en Hobby Horse: Gracias a mi padre, Antonio López me ha interesado desde niño. Desde entonces me fascina su arte. Años mas tarde admiro aún más al hombre.

En mi juventud me atraía el artista gigantesco. Un talento sobrenatural que llegaba a ser perturbador. No tenía yo entonces formación, ni experiencia vital para apreciar a la persona más allá de su arte. Si recuerdo a otros genios de su generación venerarle. Nunca olvidaré a Eusebio Sempere (otro grande entre los grandes) decirme hace mas de treinta años (cuando ya los dos estaban entre los primeros espadas de nuestro panorama artístico junto a Chillida, Tapies, Saura, Guerrero y otros) que ya en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, con apenas veinte años, Antonio López pasaba horas en El Prado observando a Velázquez, desesperado en su obsesión de llegar a pintar como él. Desde entonces, intuyo que no ha cejado en ese intento. Que descomunal objetivo vital. Que valentía. La historia dirá si lo ha conseguido. Me decía Sempere, que entre los artistas españoles de su generación (la más importante del arte español en muchas décadas) sorprendía y deslumbraba el
inabarcable talento de aquel humilde estudiante de Tomelloso al que hasta hoy han seguido llamado Antoñito. Antoñito es quizás el mejor pintor español en siglos. No me corresponde a mí sentenciarlo.
Recuerdo las visitas periódicas a su casa con mi padre, un fin de semana tras otro (durante años!) para ver cómo evolucionaba «nuestro cuadro», el cuadro que mi padre aspiraba a comprar con ese celo irracional del coleccionista, dispuesto a empeñar su futuro por una pieza. Ya por entonces Antonio López era el pintor más cotizado de España. Toda colección quería un cuadro suyo, pero él nunca estaba satisfecho con sus obras. Cuesta mucho llegar a la perfección. Así, Antonio López, cuyo único medio de subsistencia era la pintura, renunciaba a vender más de tres o cuatro cuadros al año, porque no cumplían con su canon de exigencia. El menos materialista de nuestros artistas, ha sido siempre el más ambicioso. Ambicioso de excelencia, ambicioso de honradez, ambicioso de austeridad, ejemplo monumental de humildad.
Treinta años después, nuestro cuadro inacabado debe seguir en el almacén de Antonio junto con otros cientos de ejemplares que no pasan el filtro de su gigantesca dignidad como artista.
Antonio López es un ejemplo vivo de las virtudes esenciales del hombre, ejemplo de integridad, de gravedad, de resistencia al esfuerzo, desprecio de los placeres, de austeridad, de magnanimidad y de libertad. Es el contraejemplo heroico de nuestra sociedad agotada.
Antonio López vive como un trabajador cualquiera de su pueblo natal. No tiene un solo artículo de lujo, no aprecia posesión material alguna. Parece ausente, enfocado en su pintura, y desde luego, no merece la atención de nuestra sociedad. Un genio loco de la pintura.
Y en estas estábamos cuando en una entrevista en El País del viernes 17 de junio, «Antoñito», de pasada, con su pantalón de pana y sus zapatillas de paño, intuyo que en voz baja, como siempre habla, despacha en tres líneas lo que aún no hemos oído de ninguno de nuestros líderes en momentos tan dramáticos como los que vive nuestro país: «El hombre va a tener que encontrar una solución que no tenga que ver con bonitas palabras como bondad y generosidad y si con el sentido común. La cosa se va a poner seria. Habría que escuchar más a los hombres de ciencia que a los banqueros. Así debe ser por el bien de todos. También hay que hacer una llamada a encontrar el placer en las cosas básicas y renunciar a lo innecesario. La sociedad respondería a ese mensaje».
Y creiamos que solo pintaba. Qué suerte tener tanto talento maestro. Qué pena que hable usted tan bajo.

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