Notas para un diario 200 (El triunfo de la vida)

Al maestro E V-M en su 63 cumpleaños
“Let the wind blow against the perfect flowers” (Ernst Dowson, The Garden of Shadow), o algo así era lo que me salía implorar ayer cuando el termómetro marcó en Pamplona los 28 º. Me siento viejo. Soy sólo un comentarista y prueba de ello es que después de tres semanas encerrado escribiendo estoy desecado. Recordé cómo no a mi Manolo Altolaguirre y su deslumbrante “quisiera curarme la vejez como se curan del invierno los árboles, lo mismo que el arrugado ceño de los montes recobra su verdor en primavera” (Rubor). No estoy hecho para el calor, y menos si aparece prematuramente. Nada aparta de mí la religión como el calor; también me aleja de la sensualidad, soy así de raro. Ayer fue el día en que se perdió la primavera. Por eso pensaba una vez más que lo más necesario de todo es la paciencia. Pathos contra experiencia. En su magnífico ensayo sobre Kafka en El canon occidental, pedazo de libro, Harold Bloom escribe que toda la obra de Kafka apunta en una dirección: hacer del Dios de los judíos una persona más paciente. Siempre me ha impresionado que alguien quiera o exija algo de Dios, cosa que no resulta absurda en la tradición judeocristiana. Encararse con Dios puede ser una forma muy humana de tratarle. A Dios le gusta lo humano. Y jugar con los hombres y reírse con ellos. Saray se río de Él cuando les anunció que se iba a quedar encinta a los noventa años (Jan Provost lo insinúa en su bella tabla de 1520, puedes picar en la foto para verlo). “Una vieja como yo. Si no tengo ni la regla”. Si se río fue en parte por miedo; bien sabía como se las gastaba Dios con los que ama. En uno de los pasajes más bellos de toda la literatura occidental, el canto octavo de los Proverbios (Mislé) de Salomón, se narra el matrimonio de Dios con la sabiduría (por cierto, después de tres capítulos enteros, 5º, 6º y 7º dedicados al adulterio). ¡Qué cosas se dicen en esos versos! Ahí sí que se habla de “lo irreductible”, el concepto sobre el que, para el Bloom del Canon, no el otro, gira todo Kafka. “Yahveh me poseyó al principio de sus andanzas, con anterioridad a sus obras, allí estaba yo… y cuando actuó también estaba yo… junto a El como artífice permanecía yo, y cada día hacía sus delicias, jugando ante El todo el rato, jugueteando con su globo terrestre (el De ludo globi del Cusano que pronto editaré en mi modesta colección de libros), y divirtiéndome con los hijos de los hombres… Feliz el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día (como el campesino ante la puerta de la ley), guardando las jambas de mis entradas. Quien continúa así, ha hallado la vida…” Recuerdo con melancolía que siendo adolescente, casi niño aún, yo también quería saber (tenía amor a la verdad). Mucho después vino, con la náusea del conocimiento, el sentido de la enfermedad. No como medio de conocimiento, como dijo Mann en su conferencia-ensayo sobre Freud en el que habla de todo esto, sino como triunfo de la vida (Shelley). Creo que por eso canta Leonard Cohen, en I´m your man, aquello de que Poetry is just the evidence of life. If your life is burning well, poetry is just the ash.

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