Azul-Chardin

Fui a Madrid a ver y a oír a Florence Delay. Alguien le preguntó que, siendo su libro una obra fronteriza, que mezclaba los géneros, bla, bla, bla, cuál era la mejor forma de leerlo. “Dejándolo de lado (de côté) y viviendo la vida”. ¡El gran estilo! Un tipo con-pelos-de-antonio-abad se me acerca al final y me dice con suavidad: “Eso lo ha dicho por ti, que no eres capaz de distinguir nada y que hace tiempo que has apostado por los libros y la muerte”. ¿No me creéis? Yo también pensaba estar alucinando pero esas fueron sus palabras exactas, una por una. Incluso me dio su dirección en un papel por si quería irme a tomar un té verde con él a su casa. Me lo garabateo en una hoja sucia que tengo en mi poder y que está a disposición de cualquier incrédulo que desee verla. Detrás de la calle y los número del portal y del piso añadió esto en mayúsculas: “ERES UN COBARDE Y TE PIERDES LO MEJOR DE LA VIDA”. Lo que me faltaba: un exceso de retórica y además agresiva; no soporto el énfasis ni en el caso de que uno tenga razón. Reconozco no obstante que me iba para el hotel traumatizado. Y no se me ocurrió nada mejor que parar a cenar en un tailandés que se llama El Carrefour Thai y que está en la calle Fernando VI. Me agarré una buena a base de chupitos. Y entonces la nostalgia me mordió y me hizo una herida negra en el alma. El camarero, un filipino que no paró de sonreírme en toda la noche, se llevó la peor parte: no sé cómo ocurrió pero cuando me trajo la cuenta le juré que si no quitaba la puñetera sonrisa de su cara no le pagaba la cena. A la mañana siguiente, antes de coger el tren de vuelta a Pamplona, pasé por la Expo Chardin en el Museo del Prado. Mi actuación allí fue aún más patética. De nuevo parecía un prejubilado matando el tiempo. Ahora tocaba resolver el juego de los siete errores. Me dediqué en exclusiva a buscar los distintos azules en los cuadros. Los encontré por todas partes, en las jarras, en los lazos del pelo, en los tejuelos de los libros, en el flanco de un cajón de una cómoda china lacada en rojo, en el forro de la famosa tabaquera y hasta, como ocurre en L´enfant au toton, en el forro entrevisto del interior de una casaca color tabaco. Por un momento me creí maravillado. No era capaz de ver nada más allá. No había duda de que había leído las cartas de Rilke a su mujer, pero era patente que no había sacado de ellas la menor enseñanza. La peonza del niño estaba cien veces más viva que yo.

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