Café en Salamanca

Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo sentado frente a un café. Hacia mucho tiempo que no hablaba tanto de literatura. Hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien, haciendo lo que más me gusta en la vida: charlar sin prisa, de todo un poco, con personas inteligentes y sencillas, acogedoras, entrañables, cultas. Así he pasado estos dos últimos días en Salamanca, acompañado por la familia Colinas. A primera hora del sábado, Clara, historiadora del arte, comisaria de exposiciones, persona a la vez fuerte y delicada, me estaba esperando en el hall del hotel. En poco más de una hora me sitúo en el corazón de la ciudad, como cuando Pla llevaba a sus amigos a un punto estratégico de cualquier lugar (Battery Park en Nueva York o la estación de tren en Amberes) y desde ahí iba reconstruyendo, en un solo paseo, la entera personalidad de la ciudad en la que se hallaban, sin dejarse ni uno solo de sus estratos. Había pasado otras veces por allí, pero esta vez todo fue diferente. Terminamos la mañana en la casa del rector Unamuno. Aunque las visitas se hacen en grupo, a nuestra hora estábamos los dos solos con la guía, una mujer sabia y elegante. Lo vimos todo con detalle y creo que Clara y yo sentimos parecida emoción, por ejemplo cuando tuvimos en nuestras manos la edición de la Odisea que manejaba Don Miguel, con el original en griego y unas finas y abundantes anotaciones a lápiz. Contemplamos cada cosa, cada foto, los pocos enseres que quedan, con la vieja toga agotada que alquilaba a la familia Hoyos (a pesar de ser rector y el intelectual más influyente de su tiempo en Europa, nunca pudo costearse una propia). Comimos, seguimos paseando, por la tarde tuvimos el acto, con bastante gente joven por cierto, pero sobre todo fuimos de un café a otro, desde los conocidos como el Novelty a otros más pequeños y escondidos pero todos llenos de gente hablando y pasando la tarde con un café y una buena conversación delante. A veces se siente uno un poco raro. Sabe que está abusando de la bondad de sus anfitriones. Por momentos, lo duda porque jamás dan muestra de cansancio, porque a sus amigos también les apasiona hablar de libros y poemas, recordar un cuadro, contar cosas. Antonio se ha unido a nosotros a mediodía. Me llama la atención la proporción inversa entre lo mucho que sabe y lo matizado de sus afirmaciones. Tiene un tono bajo y una sensibilidad en llamas. Según van pasando las horas, uno está cada vez más a gusto. Hablamos de Roma, de Salamanca, y cómo no, de Ibiza, mucho de Ibiza. A uno le gustaría quedarse en este rincón de Castilla. Antonio me regala Deslumbramientos, el libro de Martine Broda que ha publicado en Linteo, en la colección de poesía internacional que dirige. Abro el libro al azar. Es de noche y me encuentro con estos versos: faut-il encore marcher ébloui/laisser brûler la faim sa longue/supplication//ou tomber dans le jour/avec un gris sourire. Por un instante entreveo en qué consisten la modernidad, el humanismo, la civilización. Los Colinas no lo explican, lo viven y hasta lo encarnan.

P.S. La foto es obra de José Manuel Navia.

2 Comments Café en Salamanca

  1. Henohenomoheji 25/02/2011 at 11:15

    Aunque han pasado ya varios días, supongo que todavía conservarás frescos los recuerdos de la ciudad del Tormes. Más desde luego que los míos. En el Novelty he pasado momentos muy agradables y muy íntimos sentado allí al fondo, muy cerca del piano. Hace algunos años todavía se sentaba alguien a improvisar algunas notas, un pianista que me recordaba inevitablemente al de la canción de Billy Joel, porque tenía un aire fatal y tocaba con una especie de parsimonia triste. No he sabido de nadie que volviera a tocar ese piano, al que imagino ahora en mi recuerdo como el arpa becqueriana, silencioso y cubierto de polvo, esperando unas manos de nieve…

    Un saludo

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  2. delarica@unav.es 25/02/2011 at 11:29

    otro para ti!

    creo que el piano sigue allí

    el café se conserva muy bien, gracias a su dueño, persona muy ilustre

    Reply

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