Notas para un diario 190

“Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en el que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y de una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado corriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión –por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro–, ni la precisión con que se relacionan las partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece; experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia”. Ayer releía este párrafo deslumbrante en Nabokov, y hoy, al entrar por la mañana en la biblioteca, a menos seis grados bajo cero, lo recordaba interiormente con una sensación de calor en el pecho. La biblioteca de la universidad ha sido mi torre de marfil, una torre con cafetería y colegas con los que conversar de vez en cuando. Veinticinco años casi entrando por la misma puerta a la misma hora temprana y dedicando muchas horas a cultivar esa inspiración, a contemplarla en los demás, en las obras (literarias) de los demás. Pensaba que si yo mismo no la hubiera experimentado personalmente, jamás habría hecho la apuesta de dedicarme a escribir. Pensaba, en medio de no pocas dificultades del día a día, que he sido muchas veces el muerto/resucitado. Pensaba en esta otra frase del genio ruso: “El escritor, el hombre que hace girar planetas, que modela a un hombre dormido y manipula ansioso la costilla del durmiente, esa clase de autor no tiene a su disposición ningún valor predeterminado: debe crearlos él”. Me estremece ese vacío del que habla, con razón, y pensaba que Nabokov hubiera estado de acuerdo en que esos valores suelen ser siempre parecidos: ilusión, en el doble sentido de la palabra, anhelo de placer, deseo de orden, ansia de significado.

3 Comments Notas para un diario 190

  1. hana 27/01/2011 at 11:04

    Hola, sobre el final, sobre la ilusión, dejaste de mencionar la que para una tiene mayor significado o sentido: la contentura o contentamiento mantenido sobre el que recae la ilusión. Y mira que no he leido a Nabokov, sólo me guía lo vivido en esta vida. ¿estaré confundida? Corrígeme si me equivoco.

    Salud

    p/d.- Ese vacío del que habla… no deja sino hueco para llenar…

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  2. delarica@unav.es 28/01/2011 at 13:07

    bueno, creo que no dejé de mencionar ese aspecto esencial; es uno de los dos sentidos de la palabra ilusión, junto al de engaño visual

    gracias por comentar Hana

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  3. Antonio 29/01/2011 at 14:46

    Estoy como los perros esperando todos los dias algo que leer y no encuentro nada nuevo. Por favor no nos dejes tantos dias sin disfrutar de tu prodigiosa pluma.

    Saludos

    Tabucchi

    Reply

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