La paradoja del conservador

Acabo de leer La paradoja del conservador (Editorial Elba, 2010) del escritor francés Jean Clair. Si ayer hablaba aquí de temporalia, hoy le toca el turno, de la mano del bellísimo texto de Clair, a los memorabilia (siempre me ha gustado la definición de mi viejo diccionario inglés: an object that is tresured for it´s memories, un objeto en suma, a diferencia de lo que ocurre con los souvenirs y bibelots, memorable, digno de ser guardado como un tesoro de la memoria). El escrito de Clair, en el que critica, con su inteligencia y profundidad habituales, el papel que juegan, en el contexto cultural de nuestros días, los conservadores de los museos (especialmente de los de arte contemporáneo, o peor, de los so called centros de arte contemporáneo, por ejemplo, él no lo cita pero yo sí lo hago, nuestro C.A.R.S. que pretende ser a la vez ser lo uno y lo otro), contiene una tesis nada simple ni lineal, al contrario, presenta una visión articulada de los males y los abusos que se suceden, e incrementan por momentos, en el mundo del arte. La idea de fondo es que lo que se denomina arte, con el cortejo fastuoso de instituciones, centros de arte, carísimos edificios de autor, turismo cultural, creación artificial de “genios a la moda” impuestos desde arriba, tiende a convertirse en un ídolo, y como tal en una banalidad sin fundamento. Yo no creo que Clair piense de verdad que el arte vaya a sustituir a la religión (es demasiado sabio para eso), por mucho que se sirva de una brillante alegoría entorno al hecho religioso para poner de manifiesto la inanidad de la visión actual del arte y de sus instituciones más celebradas. Más bien piensa que esta versión secularizada de la religión, este nuevo timo, con sus ritos y sus cánones, sus sacerdotes, herejes y profetas, sus pompas y vanidades, esta religión light del arte es una chuminada cuyo máximo peligro consiste en que mata el arte y el sentido genuino del arte. ¿Se trata, acaso, de que Clair sea un aguafiestas? No lo creo. Pocas personas como él pueden presentar un curriculum museístico como el suyo; su hoja de servicios tanto en la fundación y promoción de instituciones culturales como en el trabajo como responsable del Patrimonio de Francia, sólo son comparables en cantidad y calidad a su producción como comisario (el término es horrible) de exposiciones, entre ellas algunas de las más importantes de los últimos cincuenta años en Europa. Su labor como escritor, como pensador sobre arte, como biógrafo y estudioso de algunos de los pintores cruciales del siglo, en general los más difíciles (Picasso, Balthus, Bacon, Zoran Music), disuelve cualquier sospecha de que su pensamiento esté siendo arrastrado por una pasión baja. Todo lo contrario: es su amor por el arte el que se rebela ante tanta idiotez, ignorancia y, en definitiva (siempre está detrás), ante tanto afán de poder (también económico). ¿De qué se queja? ¿Qué tiene Clair contra la versión moderna y todopoderosa de la figura del conservador? ¿En qué consiste la paradoja mencionada en el título? Pues justamente en eso, en que no se haga honor a su nombre y a su decisiva función histórica, política y artística, conservando un conjunto de obras, sino que su morfología se haya transformado hasta convertirse en un monstruo de siete cabezas: ideólogo, promotor, agitador, comprador, asesor, gestor, mediador. Alguien a quien corresponde “la promoción y la mediación en la creación artística del momento”, por usar las palabras de un reciente concurso público. ¡Ja, ja ja! ¿Desde cuándo el arte ha surgido en centros ad hoc? ¿Desde cuándo el arte se puede domesticar, promover, producir como si fuera algo programable? Con excepciones que habría que mirar con lupa (la efímera Bauhaus o el Black Mountain College), el arte se hace en la calle, cuidando de tus niños en un parque, desecho en una mala cuneta, en el interior de un cuartucho oscuro, en una trinchera o ante un paisaje. El arte sólo surge si hay espíritu, pero espíritu con minúscula. Ya tiene guasa que en los museos no se deje en paz al contemplador, convertido en conejillo de indias o en turista cultural (qué decir de los niños, que ven el museo de arte como un circo de tres pistas); que se quiera suprimir, mediante procedimientos científicos más propios de un centro biomédico, hasta el último rastro de velatura de los cuadros antiguos, que los edificios mastodónticos, con sus iluminaciones agresivas y espectaculares, con sus juegos y talleres, con sus vacíos y sus nadas, con todos los envoltorios, de piedra o de actividad exagerada y hortera, sobrepujen el verdadero goce que no es otro que el encuentro íntimo con la obra singular, el coup de foudre ante la simple belleza de una tela. Como en un absurdo e insulso tratado teórico de erotismo, ahora se quiere explicar todo, argumentar el roce, “leer” lo que estaba destinado a ser tan solo un encuentro personal y amoroso entre la obra y el hombre. El conservador debe conservar con escrupuloso cuidado aquello que le fue confiado, normalmente la obra recogida por alguien a lo largo de una vida de inteligencia y pasión, y limitarse a mostrarla en las mejores condiciones, quitándose de en medio con diligencia y estilo. El conservador debe conservar el pasado y dejar que el futuro se construya sólo, sin sus intentos, atroces o ridículos, de manipularlo u orientarlo. Tal y como lo había proclamado Hegel, con siniestra solemnidad, al hablar de la fase final del Espíritu Absoluto, ahora se da la paradoja de que el “conservador” quiere construir el futuro, y hacerlo además de un modo directo e inexorable. De ahí la cantidad de engendros de diseño que surgen en los alrededores de ese mundo tan fácilmente corruptible. De ahí que, de facto, se haya suprimido la crítica y que cualquiera que discrepe sea arrojado a las tinieblas exteriores, condenado por decreto a la caverna. De ahí el malestar, le malaise del que hablaba Sigmund Freud, que sentimos con frecuencia en esos centros, más cuanto más sensible es uno a lo auténtico. Jean Clair lo explica mucho mejor que yo. Merece la pena leerlo y reflexionar a fondo sobre el asunto.

2 Comments La paradoja del conservador

  1. Francis Black 02/11/2010 at 21:56

    Zoran Music me impresiono mucho.

    Voy a exposiciones pero la mayoría son entretenimiento, estética,curiosidad…. lo que se entiende por Arte es complicado yo tengo que estar delante, para saber lo que considero arte y lo que me parece un buen plan para pasar la tarde , algo nada despreciable por otra parte. Luego la idea de que toda ciudad ha de tener su museo de arte contemporáneo (y llenarlo), su sala de exposición… da mucha vida al mamoneo

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  2. paisajescritos 04/11/2010 at 07:15

    Comparto letra a letra lo que dices. Con excepciones, el arte hoy es banalidad, artículo de consumo (en la versión barata, qué dineral se paga por las reproducciones, porque lo de las tiendas de museo, esa es otra) y de lujo: lo de menos es el espíritu que lo alimenta, del que surge.

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