Notas para un diario 175

He recibido bastantes apreciaciones a mi entrada sobre el libro de la hija de Tolstói, además de los comentarios que se hicieron públicamente. Una amiga, experta en el autor ruso, a la que había escrito de antemano para saber su opinión acerca de la verosimilitud de ese testimonio, me responde lo siguiente: «Concuerdo contigo en que es un texto bello, lleno de amor por los dos protagonistas de esa tristemente célebre historia. ¿Verosímil? Sí, pero además con la delicadeza de quien no quiere poner todo en tela de juicio de los demás. Dice las cosas sin decirlas, no toma partido, es un texto verdaderamente hermoso». He seguido dándole vueltas al tema y me encuentro, en el Diario del escritor, unos pasajes que se refieren a un punto que yo destaqué en la entrada: al hecho de que Sofía no fuese capaz de aceptar el pasado de su marido, y a las consecuencias que esto tuvo, también en el plano de la escritura. Por lo visto, Tolstói dio a leer, la víspera de su boda, su diario juvenil a su prometida. Deseaba vivir con ella en la máxima transparencia, excluyendo el secreto entre ellos, confiado en que ése era el fundamento más sólido para edificar su matrimonio. Pero este hecho, cargado de buena intención, tuvo dos consecuencias concatenadas. La primera es que Sofía se horrorizó al conocer la verdad de su futuro esposo. Y la segunda es que éste se resistió, desde entonces, a comunicarle a su mujer la integralidad de la verdad sobre su vida. A las dos semanas de la lectura, Tolstói anota: «Mi Diario ya no es sincero. No me quito de la cabeza el pensamiento de que ella está siempre detrás de mí, mirándome y que lo leerá… y tiene que ser para ella» (7 de septiembre de 1862). Un tiempo después, escribe: «Me siento pequeño e inútil. Y soy así desde que me casé con la mujer a la que amo. Todo lo que está escrito en este cuaderno es casi mentira, nace del disimulo. El pensamiento de que ella está ahí, que lee por encima de mi hombro, disminuye y desnaturaliza mi verdad» (18 de junio de 1863). Tolstói busca una solución que no soluciona nada: se dispone a mantener dos diarios, uno conyugal (quiere escribir para Sofía) y otro para sí, secreto, al que ella no debería acceder. Allí cuenta la naturaleza de su desgracia, de la incomprensión mutua. La mera existencia de ese cuaderno privado significa, en la mentalidad de Tolstói, un mal menor, algo a lo que se ve abocado a la fuerza. Cavallari habla con precisión del juego que se traían con todos estos diarios en Yásnaia Poliana (juego al que se incorporaron varios de los hijos), con los derechos que unos se concedían a otros para leer esas escrituras íntimas. Un laberinto opaco. Un horror.

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