Cuento de invierno

Ayer tuve que cuidar de mi hija pequeña, que estaba con gripe. Al final de la mañana, nos fuimos los dos a comprar el pan y, no sé porqué acabamos en la sección de vídeos de El Corte Inglés. Vi un pack con Los Cuentos de las cuatro estaciones de Erich Rhomer y me lo compré. Me autoengañé con el siguiente razonamiento: «Me vendrá bien para estas noches de insomnio». Y, en efecto: a pesar de que intenté acostarme a una hora temprana, a las dos de la mañana seguía con los ojos como platos, de modo que me dispuse a ver El cuento de invierno. Pensé que, como Rhomer es tan lento, caería en el sueño, pero qué va, la historia, que conocía de sobra, me atrapó de nuevo. Una chica, Felicie, vive un romance de verano y se queda encinta. Charles, su novio, es un cocinero que está de paso para los EEUU. Al despedirse, se intercambian las direcciones postales, con tal mala pata que, por un lapsus, equivocan los datos y se pierden mutuamente la pista. Cinco años después, Felicie, que no ha olvidado al padre de su hija, vive entre dos amores: el de Maxence, su jefe en la peluquería, que le atrae sexualmente pero al que no ama, y el de Loïc, al que ama pero no desea. Loïc es católico, adora a Felicie, estaría dispuesto a morir por ella, la mima, la cuida en todo, la comprende, la acepta, pero, no tiene suerte, su amada decide irse a vivir a Nevers con su jefe. Estando en la nueva ciudad, de paseo con su niña, un día cercano a la Navidad, entran en la Catedral para ver un Belén. Felicie, que cree a su modo, reza y obtiene al menos una luz: debe dejar a Maxence y no unirse a nadie al que no ame al menos como ha amado a Charles. Comprende que sólo un amor total justifica la entrega de por vida a alguien. Vuelve a París y se acerca a Loïc, sin provocar en él falsas esperanzas. Hablan mucho: Loïc es un hombre culto y le instruye en algunas ideas fundamentales de la tradición: el argumento de la apuesta pascaliana (que Felicie aplica, no a la existencia o no de Dios, sino a la posibilidad remotísima de que un día encuentre de nuevo a Charles: eso sería tan bueno que, por improbable que resulte, llena la vida de una gozosa esperanza), la teoría platónica de la reminiscencia (también se la aplica: Felicie sabe que su primer encuentro con Charles fue ya de por sí un reencuentro; por eso confía en que están destinados a una unión ulterior), la convicción cristiana en la Resurrección, mediante un pasaje memorable del Cuento de Invierno de Shakespeare, a cuya representación asisten ambos emocionados. En fin, tantas cosas interesantes que se hilan con una coherencia y una sutileza admirables. Un buen día los tres (Loïc, Felicie y la niña) pasean por las afueras de París. Acuden a un mercado dominical y al bajarse del coche oyen las campanas llamando a Misa. Loïc asiste a la ceremonia; Felicie no, pero le pide por favor que rece por ella. Añade dos cosas: pide tú por mí, no lo que tú quieres de mí sino, si de verdad me amas, lo que crees o sabes que yo quiero para mí. Y segundo, le implora que lo haga du fond du coeur (asoma de nuevo Pascal, pero por otra vía). Loïc, que no puede negarle nada a su amada, acepta, a regañadientes, pero acepta. Un acto de desprendimiento muy radical y meritorio. El final, naturalmente, no os lo cuento. Ni lo mucho que yo pensé, sentí, medité, aún menos.

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