Notas para un diario 165

Para mi hermana L. esta entrada in carcere et vinculis.

Pretendo aproximarme a algo que desconozco. Lo haré despacio, en círculos comme d´habitude. En este caso, no sé siquiera (y aparte de ti) de dónde partir. Esta indeterminación es, supongo, una manera como otra cualquiera de superar el dolor. El dolor, entre otras cosas, por la estela negra de la infancia, revivida estos días en toda su crudeza. N´importe quoi… Écrire n´importe quoi est peut-être le meilleur moyen d´aborder les sujets qui comptent, d´aller au plus profond par le chemin le plus court… Lo intentaré, pues: todo comenzó en una deliciosa cena sanferminera en el mejorrestaurantedelmundo. Mientras los demás comensales hablaban, reían, y todo lo demás, yo pensaba en las cosas que hacen de una cena algo inolvidable, miraba los platos aún sin servir, relucientes a fuerza de ginebra y algodón, y recordaba las palabras de Henri Michaux (Les Grandes Épreuves de l´ésprit): «Le plateau, la partie utile de la table, progressivement réduit, disparaissait…» Me veía a mí mismo como en una naturaleza muerta y me entretenía tejiendo relaciones infinitas entre el plato y el resto de los elementos de la mesa. No eran, sin más, relaciones plásticas. También contaba lo auditivo, el tintineo de las copas al brindar, las risas, las pasadas de la mano por el hilo de los manteles, ese ruido sordo que ha torturado mi infancia como la de otros fue quebrada directamente por los golpes. Y los afectos. Y la culpa. ¿Qué convierte una cena en algo inolvidable? No lo sé, pero creo, pienso, dudo, si se trata o no de un placer múltiple. Combray es, son, muchas cosas (Clément Rosset, La nuit de mai). La magdalena encierra mil rostros ocultos. Todo lo que se recuerda, más el vacío del instante, pero hacia el futuro. Ningún placer, ninguno deseo, ninguna clase de felicidad cabe en ningún lugar si no se proyecta fuera del tiempo, si no integra, si no tiene unas raíces de las que se pueda uno sentir, si no orgulloso, sí al menos no directamente culpable. En Nudités (2009), meister Agamben sentencia que la clave de toda la obra de Kafka, la esencia de K., es la autoinculpación. Y tiene razón. De la misma manera que el Derecho (el Ius), los procesos jurídicos en Roma, no tenían otro fin que el de distinguir si en una acusación había causa, res, cosa, algo a lo que agarrarse para sentenciar a favor o en contra del imputado, en los otros procesos, en los decisivos, los interiores, se trata sólo de saber si hay algo en cada uno que sea condenable y, lo que es aún peor, punible. ¿Es ese el triste papel que asignamos a la religión? ¿Se trata de una instancia que nos libera de las falsas culpabilidades, manteniendo eternamente las verdaderas? ¿No había asumido Él la infinita culpa, la pena que no cesa, abriendo el tiempo a la Gracia? ¿Es o no es todo Gracia? ¿Será, por el contrario, el papel catártico de la literatura el que, por medio de máscaras, obtiene el salvoconducto? Mira, yo ya no te sigo. ¿No estábamos hablando de placeres, de felicidad, de deseo? ¿A qué viene entonces todo ese conato de discurso acerca de las penas, las penas jurídicas o las canónicas? Justamente, se trata de eso: de si el placer puede aislarse de la pena, o no. Si el placer puede o no proyectarse eternamente, o si acabaremos todos en una urna cenicera camino de las antípodas. Como en la infancia que reflejó el inmortal Vicente Nieto en fotos como la que acompaña esta entrada que son muchas en una. Nous ne sommes que des lettres détournées, freinées, en soufrance. Peur de jouir, culpabilité d´avoir joui, terreur de passer à une jouissance infini (Philippe Sollers, Théorie des Excepcions). Continuará.

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