Dos veces rostro (un cuento chino)

Había una vez un rey muy poderoso que gobernaba el lejano imperio de Ting Lai. El soberano tenía una única hija y cuando llegó el momento de escoger un marido, organizaron un desfile para todos los hombres importantes del reino. A pesar de que acudieron los pretendientes más notables, el rey no encontraba ningún hombre que más allá de honores, hazañas, poder y riquezas, pudiera hacer feliz a su queridísima princesa. Intuitivamente, buscaba las señales invisibles del rostro de un hombre sabio y honesto, dotado de la comprensión que hace humilde y grande, de un hombre que hubiera superado los antagonismos del mundo y hubiera desentrañado su esencia. Un día apareció en la corte un extranjero vestido con una túnica muy pobre, y el rey le entregó a su hija. La vida de los príncipes fue totalmente feliz. El rey contemplaba con satisfacción el acierto de su elección e iba envejeciendo. Pero un día, el marido de la princesa murió repentinamente, y cuando lo desnudaron para amortajarlo se dieron cuenta de que ese rostro, que había convencido al rey en su elección, no era más que una máscara. Una máscara que llevaba atada al cogote con hilos muy finos. La princesa, al enterarse de este hecho, le pidió a su padre que, antes de enterrarle, le dejara contemplar a solas el verdadero rostro de aquel con quien había compartido la mejor parte de su vida. «Creo que tengo derecho a hacerlo». El rey accedió, y él mismo se dispuso a levantar todo aquello que los separaba de su verdadera faz. Al hacerlo, vio con asombro que, debajo de la máscara, se escondía una fisonomía idéntica a la que le habían arrancado.

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