La puerta de la Ley

Ante la puerta de la Ley hay un guardián. Detrás del guardián, espera un señor bien trajeado. El tipo desea atravesar la puerta, por encima de todo. Pero el guardián se lo impide. ¿O no? Quizás esté ahí sólo para dirigir el tráfico. Tampoco es que haya mucha gente alrededor; nadie parece agolparse frente a la puerta. El hombre, en su delirio, en su obsesión por acceder, llega a creerse que la puerta está destinada solamente para él mismo. Se ruboriza por dentro ante un pensamiento tan jactancioso, y pronto lo abandona del todo. Prefiere concentrarse en la posibilidad real de entrar. Piensa tanto, lo desea tanto, se obsesiona de tal modo que al cabo del rato se agota y se queda dormido. El canto de un mirlo le despierta. Como tiene una mente tan peculiar, se pregunta si el mirlo –qué canto más bello, se dice– pertenece a la familia de los córvidos. «¿A quién puede importarle eso ahora?», se responde a sí mismo. «Concéntrate en lo único importante». Se levanta y mira hacia la puerta. No se lo puede creer, pero parece que el guardián ya no estuviera, y que la puerta haya quedado entreabierta. Se debate entre la excitación y el pánico. Se estremece. Se levanta y se acerca a la obertura. Se asoma, abriendo las hojas de hierro como si fueran cortinas. Pero no ve nada. No ve a nadie. Entonces se asusta. Ahora, que parece que podría entrar sin más, se pregunta para qué habría de hacerlo. Llega incluso a pensar que echa en falta al guardián; que quizás fuese él quien pudiera resolverle sus dudas. Ahora piensa que la puerta no conduce a ningún sitio, que está suspendida en un terraplén en medio del desierto. Le parece que la puerta da sobre un abismo al que no desea precipitarse. Allí está él. Sólo en medio de la nada. Patético.

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