Notas para un diario 159

Anoche, después de un día largo, larguísimo, lleno de obsesiones, de dudas, de esperanza y de incertidumbre, me tumbé a ver dos capítulos de la séptima semana de la serie In treatment, de la que ya he hablado aquí varias veces. En terapia. Es la segunda vez que la veo, entera y verdadera. En esta ocasión, hasta Paula la está disfrutando. La otra noche, en una larga conversación de alcoba, nos sorprendimos a nosotros mismos hablando en los términos que utiliza el psicoanalista de la serie. Creo que fui yo (que siempre he tenido una capacidad para asimilar lenguajes particulares y utilizarlos con relativa precisión, dando el pego me refiero), quien, en un momento dado, le dije: «¿Pero no ves ahí un patrón de conducta?» Primero nos descojonamos un poco por el côté kitsch de mi pregunta (por cierto, mein Hirschkalb, tú que dominas el alemán, ¿sabías que la palabra kitsch viene del yiddish-daitch?), pero nos sirvió para seguir escarbando en la materianegra en la que estábamos a punto de introducirnos. Tranquilos, que no seguiré por ahí, y no por mí, que como ya habréis visto sufro de la manía creciente del streep tease, sino por respeto a mi santa. Bueno, pues, como os iba diciendo, vimos dos capítulos impresionantes. En el primero, Paul Weston, (en la foto, guapo el tío, eih?) recibe la noticia de la muerte (suicidio) de un paciente. Es la primera vez, en veinte años de ejercicio profesional, que se le suicida alguien estando en terapia. Acude al servicio religioso. Allí se encuentra al padre del muerto, un especimen autoritario que llevaba toda una vida amargando a su hijo, con las mejores intenciones. También se encuentra a Laura, otra paciente de la que el doctor está profundamente enamorado (él mismo está en terapia, luchando como Jacob contra el ángel de la tentación de abandonar a su mujer y a sus hijos). Su encuentro está presidido por la tristeza y la ternura (pero de eso hablaré otro día). En el capítulo siguiente, el padre del paciente de Paul acude a verle a la consulta. No entiende las razones de la muerte de su hijo, no entiende que éste necesitase terapia (era un hombre fuerte, él se había ocupado en persona de eso, era un hombre de éxito, piloto laureado de la marina, felizmente casado con una mujer 10, aunque en realidad era homosexual, cosa que el padre nunca llegó siquiera a sospechar). La conversación padre/terapeuta es de alta tensión. Magnífica, entre lo que el médico puede revelar y lo que no. Durísima, suspendida entre los secretos y la ceguera de un padre edípico (y no lo digo en el sentido técnico, si no en el literal/literario: es un ciego que no puede ver el daño que hace con su obsesión por juzgar a aquellos que cree que son de su pertenencia). Perdonarme la pedantería profesoral: si algún día tuviera que poner en clase un ejemplo de la presencia del subtexto en un diálogo, como ejemplo, éste sería perfecto: ¡qué importante es el subtexto, y no lo acabamos de entender…!
La cosa, a lo que voy, es que en un momento dado, Paul le asegura al hombre, completamente desecho, que su hijo le amaba. Y yo lo creo también. Una cosa no quita la otra. Precisamente por eso el dolor del hijo (y ahora el del padre) son tan intensos y de fondo. El padre le pregunta: «Entonces, ¿por qué no me habla? Noto que no me habla. No quiere decirme nada. Es como si se hubiera marchado de verdad?» Paul se limita a señalar que es demasiado pronto, que está seguro de que con el tiempo la voz de su hijo volverá a rondarle y a mantenerse cerca, dentro de él.
Todo eso me hizo pensar en una amiga a la que adoro y que siempre que habla conmigo, más cuanto más difícil y espinoso es el tema que tratamos, siempre me dice que escuche a mi madre, muerta, esa «rosa cortada antes de tiempo/cuya imagen es filacteria ante mis ojos» (Yehuda Ha-Levi). Al principio, yo pensaba que me lo decía como un latiguillo piadoso. Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que eso es una de las verdades más grandes y consoladoras que puede haber para los vivos. Los muertos nos hablan. Si sabemos tratarlos, si nos mantenemos en su presencia, están ahí, más vivos y cercanos que nunca (con frecuencia, mucho más de lo que estuvieron mientras vivieron). Están ahí sólo para nosotros, en cierta manera. Al menos, eso es lo que yo siento: desde hace tiempo, no hago nada sin ponerme, seriamente, en la presencia de mi madre, y preguntarle. No se trata de imaginarme nada, qué es lo que ella hubiera hecho, etc. No es eso. Se trata de otro plano, completamente distinto, y no inmanente. Se trata de hablar con una presencia viva, con un espíritu, con alguien que nos contempla y que ve las cosas, como lo diría, desde el lado del amor.
Últimamente hablo mucho con ella. No me estoy volviendo loco, os lo aseguro. Al menos, no me estoy volviendo loco en ese sentido que puede parecer. En el otro quizás sí.

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