Annemarie Schwarzenbach

Nunca me ha interesado la vida de Annemarie Schwarzenbach. Me importa muy poco cómo o quién se acostara, quién o quiénes se enamoraran (por decirlo finamente) de ella. En cambio, me fascina el personaje, la escritora, el espíritu que late bajo esa apariencia a la vez frágil y fascinante. Vida y literatura es un binomio en el que hay que entrar con pies de plomo. La razón de fondo es que se trata de terra sacra, lo que precede inmediatamente a la zarza ardiente. Pero, hay otro motivo, complementario: en realidad es algo muy difícil, y que casi nadie sabemos hacer. Hace falta un altísimo grado de cultura, de civilización, de comprensión de lo que en la vida es juego, para entrar en la intimidad de un escritor, y no salir escaldado. Naturalmente, sólo se puede acceder a través del análisis del estilo. El estilo es el hombre (sin género). Ahí está todo lo que interesa. Todo lo que se puede preguntar. Lo demás es sagrado (lo repito, para ver si más de uno se entera aunque sea un poco de qué va todo esto). Leo Spitzer entendió un millón de veces más a Proust, o Florence Delay a Nerval, que todos sus biógrafos, y no excluyo a ninguno. Hannah Arendt comprendió más claves de Isak Dinesen, en su famoso ensayo (Men in dark times) que diez biógrafos, oficiales o no. Si quieres saber lo que para Tanne significó el matrimonio, el amor, el sexo, la escritura, Dios, Finch-Hatton, la culpa, no leas las mil páginas de la Thurman; lee antes las diez de la pensadora judía. O, aún mejor, ¿cómo no?, lee La historia inmortal o El buceador. Ahí está todo lo que interesa, todo lo que se puede preguntar. Ahí te encontrarás con que lo que importas eres tú (tua res agitur), lo que tú pienses sobre el matrimonio, el amor, el sexo, la escritura, Dios, tu Finch-Hatton, si es que lo has encontrado y, naturalmente, la culpa, siempre la culpa. Los escritores son gente extraña que viven mayormente en lo que escriben, y de lo que escriben.
Minúscula acaba de publicar Ver a una mujer, una narración de Annemarie Schwarzenbach que he leído de un tirón. Casi no hay trama ni argumento: apenas unas notas, un paisaje exterior y otro interior, y una o varias pasiones incipientes. Pero qué matices, qué serenidad en la aceptación de un destino dramático. No había entendido a esta escritora hasta leer este breve texto, pero ahora, es como si me hubiese colocado para siempre en el mismo campo magnético en el que ella habitaba.

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