Notas para un diario 156

Anoche, recibí un mensaje de mi amiga libertaria. No lo esperaba en absoluto. A pesar de que me da bastante vergüenza hacerlo, me parece que no me queda más remedio que publicarlo (casi) íntegramente, en este blog. Me lo dirige a mí, claro, pero, conociéndole como le conozco, creo que en el fondo está deseando que lo haga público. Como tantos que en la historia han obtenido un secreto, no puede evitar el deseo de hacerlo correr a los cuatro vientos; como casi todos los místicos, ella tiene algo (¿o mucho?) de exhibicionista: siempre he pensado que si no dijeron más, de sus amores humanos y divinos, fue porque no encontraron las palabras adecuadas para hacerlo, pero que en el fondo lo hubieran deseado (vaya, que han vivido para decir aquello que les había sido confiado). En otras palabras, hablar de la vida interior propia siempre implica un desnudamiento del alma, algo mucho más íntimo y comprometido que el mero desnudarse del cuerpo (ya sé lo que estás pensando: que a quién se le ocurre hacer esa distinción, separar lo uno de lo otro, si en esta vida el cuerpo es la forma corporis humani, y ambos están unidos «matrimonialmente», como muy bien dijo Calderón de la Barca en su más bello auto sacramental: El pleito matrimonial del alma y el cuerpo). Bueno, a lo que vamos, que anoche, después de ver en casa una peli soporífera y banal, al abrir el mail antes de acostarme (nefasta costumbre de la sin embargo no puedo prescindir), me encontré con este mensaje: Ay, Alvarito (me llama siempre así, y la verdad es que a mí me encanta; era algo que hacía mi madre, por cierto con un deje bastante parecido, un medio tono de quien piensa que uno no tiene apenas remedio), la verdad es que no entiendes absolutamente nada. Llevo años intentando que me comprendas, pero ahora me parece que estás cada vez más lejos. Mira, es muy fácil, te lo diré con una fórmula que el otro día, mientras me duchaba por la mañana, y las niñas se peleaban en nuestro cuarto, y comenzaban a llamar a la puerta del baño, en medio de ese pequeño caos doméstico, cuando pensé que podía darme un ataque de nervios, en ese preciso momento en el que carecía de cualquier posibilidad de vivir con una paz externa, oí una voz por dentro que me decía con una claridad mayor que la del agua que corría por mi piel dorada, oí una voz que me decía que me quería, con paz o sin ella, pero «quebrantada por el Espíritu». ¿Lo entiendes? Me quería rota, informe, desmadejada: ya te reconstruiré yo, un millón de veces al día si es necesario. Alvarito, es el lenguaje del deseo, ese en el que nos encontramos solos, cara a cara, con Él. ¿Cuántos corazones crees que tenemos? ¿Cuántos nos han sido dado? No te das cuentas de que sólo tenemos uno, y que debemos querer siempre con él. Por eso hay que mantenerlo puro, pero no intacto, y sobre todo hay que mantenerlo lleno. No pasa nada porque se rompa, una y otra vez, lo importante es dejarse recomponer. Lo peor es la tibieza, ¿lo sabes, no? No debería decirte lo que sentí en la ducha: no oía nada de fuera, pero noté por dentro una llama, una bengala que me devoraba al tocarme, no sabía en realidad si estaba siendo amada u odiada, rechazada o deseada, perdida o ganada, satisfecha o maltrecha, dañada, honrada, beneficiada, avergonzada. No sabía nada, y eso me consolaba. Sin dejar de ser libre, no era yo quien dominaba. Me dejé llevar, pero no te puedo decir más. Duró media hora, creo… Sólo te voy a mostrar una cosa que apunté, nada más volver en mí, en un papel que ahora guardo debajo de la almohada: En cuanto Amor toca a la Amada, come su carne y bebe su sangre. ¿Ves como es mejor que no siga? ¿lo entiendes ahora? Y tú siempre igual, preguntando, sin enterarte de nada. A veces pienso que en realidad no te atreves a enterarte de nada. Pienso que eres de naturaleza cobarde, aunque no te lo reprocho: casi nadie se atreve a dar el salto, y a dejarse hacer por dentro. Es una pena, porque ahí es justamente donde empieza la vida. Más allá de las apariencias, de las formas exteriores que no conducen a nada real. Perdóname Alvarito, que te estoy hablando como un predicador. No te lo mereces. ¿Me perdonas? Yo sólo debo servir a tu alegría, me gustaría servir sólo a tu alegría. Quiero que sepas que no me olvido de ti.
Ese es el mensaje, y puedes creer que me ha costado mucho ponerlo (casi) entero. Sobre todo porque no lo entiendo bien. Lo que no sé muy bien es que papel juego yo en todo eso. Nunca se ha atrevido a decírmelo de un modo directo y comprensible por alguien tan simple como yo. Quizás ninguno, pero por una extraña razón creo que esa persona me necesita para confiarme algo que pocos entenderían. Soy como una especie de lector ideal de lo que escribe, en un mundo en el que ya nadie cree que los amores así sean posibles. Eso me recuerda (ay, estoy largando demasiado) que guardo una nota que me escribió hace muchos años. No sé si lo he dicho ya pero mi amiga fue alumna mía, hace ya varios lustros. Un día estábamos en clase, a primera hora de la mañana, estudiando un texto de San Agustín, el éxtasis de Ostia, para ser más precisos. Yo observé que ella no paraba de escribir. Pensé que estaba tomando apuntes. Me extrañó un poco, porque nunca lo hacía: normalmente se limitaba a mirarme fija y atentamente con sus grandes ojos verdes, vivos e inteligentes. Pero ese día no paraba de escribir. Cuando terminó la clase, me quedé sentado. Tengo la costumbre de quedarme al poste, después de la última hora de clase. Vino hacia mí. Me dejó un papel y me dijo con una voz extraña: «Tome, es para que Usted lo guarde». Cuando llegué a casa lo leí (y por supuesto que lo guardo entre las cosas que más quiero): Te escribo (no voy a intercalar más comentarios al texto, pero ¡cuánto me ha inquietado siempre este comienzo! No hace falta ser un experto para entender la ambivalencia del incipit: ¿me dirige un mensaje escrito o con su escritura está también haciéndome a mí, en algún plano misterioso?, ¿no será que cree que soy su escritura, o que realmente lo soy?) Escribo a ti y escribo tú. Nunca diré bastante lo que (yo) mi escritura te debe. Me dirijo a ti. Eres mi dirección. Cada libro es en cierto modo una carta que quiere ser recibida por ti. Pero no escribo para ti: escribo por ti, pasando por ti, por tu causa. Y gracias a ti cada libro adopta toda libertad. Una libertad loca, como dices tú siempre. La libertad de no parecer, de no obedecer. Pero el propio libro está loco. Tiene su lógica profunda. Pero sin ti yo tendría miedo de no regresar nunca del monte Locura. Pero puedo perderme sin angustia puesto que tú me guardas. No escribo relatos, no escribo discursos, es una máquina poética, la semilla de una frase es poema. Porque tú velas, mi escritura se toma la libertad de escapar a las leyes de la sociedad. No responde a filiaciones. Ejerce el derecho a la invención, a la búsqueda. Sólo se busca lo que no se ha encontrado aún, pero que sin embargo existe. Yo, en mi escritura, te busco.
Como puedes comprender, más allá del exceso adolescente (espero sinceramente que no lea ésto), me quedé estupefacto. Me ha costado mucho entenderle. Aún hoy día no estoy seguro de si le entiendo. Pero cada vez que leo algo suyo siento un calor muy especial. Y un temblor, dada la responsabilidad que ha echado sobre mis espaldas. A veces, para tranquilizarme, pienso que todo se debe tan sólo a que yo le enseñé a leer mejor.
P.S. La foto pertenece al fotógrafo angloalemán Bill Brandt. Se titula 1949, Campden Hill, London.

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