Notas para un diario 153

Va entrando febrero, éste sí que es el mes-más-cruel, que nos recuerda que nuestra primera cuna fue «el centro de la tierra/que ha de ser nuestra sepultura/donde el nacer y el morir/son dos acciones tan en una/que no son más que pasar/desde una tumba a otra tumba» (Calderón), y noto que hobby-horse está medio emboscado, un poco aparte, entre cortinas oscuras, mostrando sólo un lado de sí mismo, sin saber muy bien si relinchar o no, si tomar su lugar habitual en la escena, o si parapetarse para siempre detrás de los velos que nos permiten parecer quienes somos, cara a los demás. Quizás ha influido mucho en esta incertidumbre el hecho de que llevo al menos diez días oyendo, sin parar, el concierto que Stan Getz y Joao Gilberto grabaron en vivo en el Carnegie Hall de Londres el 9 de octubre de 1964, y que es algo que no sé muy bien cómo explicar la fuerza que tiene, y el tipo de sensaciones que provoca en alguien como yo. Oyélo, escúchalo, por favor, criatura luminosa. Oyélo, hoy, que es tu día, la fiesta de las candelas, la candelaria, dos-de-febrero, la fiesta de la luz. Y qué misteriosa eres, luz, quinto elemento, onda y corpúsculo, principio y final, que a veces me ciegas y que apenas das calor. Te diré que yo no me extraño, he leído lo suficiente para saber que quienes esperan que la salvación venga de la luz se equivocan; lo dijo Amós (cf. 5,18-19), será tinieblas y no luz, oscuridad y no resplandor. Por eso, yo también me oculto, porque prefiero vivir así, medio a oscuras. Te copio una cosa: «Con su imagen de las tinieblas divinas inaccesibles a la experiencia de la luz, el Pseudo-Dionisio abrió el camino para una mística cristiana propiamente dicha que ve su punto culminante no en el logro de la interiorización, sino en una experiencia que es un sufrir la oscuridad divina que se apodera del hombre, lo arrebata más allá de sí mismo y exige de él no solamente su razón, sino, más todavía, su amor». Impresionante, ¿no? Es la luz inaccesible que Él habita (Pablo a Tito, 6,6), la «noche oscura» que sigo explicando, cada año, en clase, el «no saber», el «no ser nada», la «nube», la niebla rodorediana, el anatolé, el amanecer o la aurora de María Zambrano, ese instante incierto y tembloroso, cuando el sol comienza a elevarse, al alba, y por unos momentos uno puede decidir si ofrece el día, y se pone del lado de la luz, o se mantiene, pasivo, en la noche que le ha rodeado ocho horas, en el hades, en la tiniebla del sueño luminoso y oscuro. Esto último me ha quedado demasiado gnóstico, maniqueo y sectario, que si hijos-de-la-luz, hijos-de-las-tinieblas. Yo prefiero el segundo plano, el tiempo intermedio, no decir demasiado, esperarlo todo de quien no es luz sino luz-de-luz. En fin, te dejo que veas una joya que he encontrado: una canción de Modesto Mussorgsky, de su obra La habitación de los niños, dedicada a un caballo de madera. Como no sé ruso, se me escapa algún matiz de lo que dice, pero capto lo esencial (la cantante es extraordinaria), y en todo caso me confirma una vez más que el título de este cuaderno-de-condenado no puede ser otro que el que es, y que lo único que puedo hacer, por ahora, es seguir cabalgando en mi chisme de madera, sin avanzar hacia ninguna parte, como un niño que espera (la muerte) jugando solo en su cuarto.

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