John Berger,1

A la vuelta de Madrid, tuve una larga conversación telefónica con una amiga veneciana. Tenemos algunos empeños de investigación comunes, que espero que fructifiquen en los próximos años. Su vida, en este momento, es bastante ardua. Desde hace años, cuida de su padre, anciano y enfermo. Lo cuida con un amor que sale de ella, pero también con un amor que ha recibido como un don. Lo cuida con atención (una palabra que a ella le encanta). Apenas puede moverse de su lado, y lleva así al menos diez años. Es una persona muy viva, llena de proyectos (en este tiempo se ha casado con un hombre maravilloso), y constantemente tiene que renunciar a una parte de ellos, hasta el punto de que no ha dudado nunca en comprometer eso que llamamos «futuro profesional». Su padre está antes que eso, más arriba, más en el fondo de lo que a mi amiga de verdad le importa. Pero, aunque nunca lo reconozca (tiene una elegancia moral que yo calificaría de principesca), la situación le hace sufrir, primero por su padre, segundo por su esposo y, después, muy en tercer lugar, por ella misma. El otro día me contaba algunas cosas de lo dura que se está poniendo la situación últimamente. Entonces le cité una frase que había oído, apenas unas horas antes, en la performance que John y Katya Berger habían realizado en el Museo del Prado. La frase es la siguiente: «Somos los precipitados de aquello que nuestros padres no pudieron olvidar». Me contestó algo que más o menos era esto: «Sí, Álvaro, yo pienso lo mismo; yo no olvido que si vivo es por que mis padres en su día tuvieron un sueño. Un sueño de amor». Sueño y olvido. «El sueño es creativo, y el olvido corroe, http://www.phpaide.com/?langue=fr&id=11 penetra, conserva, reduce a polvo.» Fue hablando con mi amiga, un día después de oírlo, cuando entendí el alcance de esas palabras privadas que una hija le dice en público a su querido padre, hablando de arte pero también, de una forma muy british, del sueño que aquél compartió un día (o fue una noche) con su madre, la señora Andreadakis, el sueño que le hizo a ella posible, real, que le hizo estar viva (para ver, para pensar, para amar). «Olvidar es viajar a la esencia de lo que permanece», añade, en ese diálogo in coelis, la pequeña/gran Katya. Y su padre, menos elípticamente de lo que parece, le pregunta: «¿Se parecen las nubes del óculo al olvido?» Sí, sí se parecen. Yo recordé entonces el verso de Jouve: Están perdidas todas las moradas. Se han perdido los logros de la nubes. Sueño, olvido, nubes, un óculo en una habitación renacentista. La mirada del hombre tumbado en una cama, al lado de la mujer que ama, con la que ha soñado la vida de otros, pero también el ojo de Dios que mira, con amor condescendiente, como le gustaba imaginar a Nicolás de Cusa.
Recapitulemos por un instante: En el Palacio Ducal de Mantua, Luis de Gonzaga hace construir para su mujer la habitación esponsal más bella del mundo. Le encarga a Mantegna la decoración. Tarda el pintor de Isola di Sopra once años en terminar. Pinta las paredes y hasta las puertas y las cortinas. Pinta una falsa cúpula, un óculo, con putti, con ángeles, con nubes y rostros tan enigmáticos y bellos como los del detalle que he seleccionado. Alguien, en una escena, entrega una carta. ¿De amor? Pinta paisajes, llenos de ruinas y de edificios en construcción. Juega con todo, y sobre todo, con la representación. Y con los exempla antigüos. El resultado es indescriptible, pero, seiscientos años después, un padre y una hija, se quitan unos zapatos toscos (a mí me parecen las botas del cuadro de Van Goch), se tumban ante 450 personas, en el auditorio del mejor museo del mundo, y se ponen a dialogar. Sobre el olvido. Sobre el sueño. Sobre el matrimonio, en una reproducción de la Sala degli Sposi.

Escriba su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Website Protected by Spam Master