El desayuno de la oración

Una persona sabia, a la que quise entrañablemente, me dijo poco antes de morir que, después de setenta años intentándolo diariamente, no estaba en condiciones de afirmar que alguna vez en su vida, fuera por un instante, hubiese conseguido en efecto rezar. Enseguida me di cuenta de que me estaba transmitiendo una verdad. No me lo dijo con amargura: él lo fiaba todo a aquel en quien creía con todas sus fuerzas. Se trata de alguien que tenía una fe que se podía cortar con tijeras, que llevaba luchando toda su vida para vivir vida sobrenatural, que amaba a Dios (y a los demás, por cierto), que confiaba en Él, que esperaba en Él. Esa frase se acordaba de tal modo con mi propia experiencia, que es una de las grandes luminarias/oscuridades de mi vida. A día de hoy no sé si me hizo un daño irreparable, o si por el contrario me abrió definitivamente a esa realidad inmensa, misteriosa, infinita que llamamos oración: algo que se presta, por lo demás, a ser banalizado, con las mejores intenciones. Y no lo digo sólo por nuestro presidente. No sólo.
(En la foto, un soldado israelí en la frontera de Gaza)

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