Nuit de neige

Nieva copiosamente sobre Pamplona. Nieva sobre España y sobre Europa entera. A primera hora, el alféizar de mi ventana estaba tapado por un murete de nieve blanca. Los niños, que se han levantado a las 6 de la mañana para ir a esquiar, han tenido que volverse a la cama: el autobús de Francia no ha podido circular. Yo, mientras reescribo con dificultad y afecto un texto fotográfico, me abismo por un instante en unas frases extraordinarias que me manda, desde la montaña, Menchu Gutiérrez:

Llega la nieve. Primero, en forma de lenta colonización del espacio; pronto, la suma de todos esos fragmentos empieza a cubrir la tierra, los tejados, las ramas de los árboles. Rezamos en nuestro interior para que no se detenga, para que siga nevando y no haya vuelta atrás. La nieve borra una realidad e instaura otra. El mundo conocido queda sepultado bajo el manto blanco y, sin dejar de ser, se vuelve invisible. De algún modo, la nieve pone a dormir una parte de nosotros y despierta otra. La vigilia queda abajo, y ahora caminamos por el territorio del sueño.
La nieve no es sólo felicidad, no es sólo calma o anestesia para el dolor… diríamos que la nieve, como el desierto, como el espacio invadido por la niebla o la noche, se convierte en el espejo de quien la contempla: es lo que tú eres o lo que desearías ser, despierta a la imaginación, y hace que el escritor torturado pueda ver sobre ella un ángel negro. Este raro espejo poético, hace que cada cosa pueda ser esa misma cosa y su contraria.
(La imagen es del pintor japonés Ito Shinsui)

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