Tratado de funambulismo

Siempre me ha fascinado la figura del funambulista, como la del torero, como la del poeta, como la del padre, como la del místico. Cuando, hace unas semanas, encontré el Traité du funambuliste (Actes Sud, 1997) de Philippe Petit (en la foto), no dudé en comprarlo. Lo abrí, y leí la siguiente advertencia al lector: No, la cuerda no es aquello que nos imaginamos. No es el universo de la ligereza, del espacio, de la sonrisa. Es una tarea. Sobria, ruda, decepcionante. Y el que no desee llevar a cabo una lucha encarnizada, plena de esfuerzos inútiles, de peligros profundos, de trampas, quien no esté dispuesto a ofrecerlo todo, a cambio de sentirse vivo, ese no tiene necesidad de hacerse funambulo. Además, no podrá serlo. En cuanto a este libro, el estudio de la cuerda no es nada riguroso. Sería inútil. He devorado el libro, y marcado una centena de sus páginas. Paul Auster, en el prólogo, cuenta que se encontró a Petit, en 1971, actuando en una calle de París: Al contrario de lo que ocurre con tantos artistas callejeros, él no se dirigía a la gente. Más bien, parecía que hubiera autorizado al público a asistir al desarrollo de su pensamiento, habernos dado acceso, al fondo de sí mismo, a una obsesión inarticulada. Pero no había nada abiertamente personal en lo que hacía. Todo se revelaba como una metáfora, como en un segundo grado, por la mediación de la representación.

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