Notas para un diario 140

En la edición de El País (Babelia) de ayer, leo (además del artículo de Enrique Vila-Matas sobre el último Joyce: yo no tengo la menor duda de que Enrique es el «mejor lector» y que nadie, al menos en España, habla de literatura, y de libros, como él) esta frase: «El psicoanálisis nos ha convencido de que nuestra identidad es el drama eternamente representado de unas cuantas desgracias de nuestra infancia más lejana. Revivimos quejumbrosamente agravios del pasado con la misma mezcla de complacencia y masoquismo con que un nacionalista invoca el ultraje de las batallas perdidas hace unos cuantos siglos». ¿Complacencia? ¿Masoquismo? Así como suena, y de la mano de Muñoz Molina quedan hermanados (y descalificados) el piscoanálisis y el nacionalismo, en lo que para mí es un ejercicio de todosofía (nótese que la frase está escrita, si yo lo entiendo bien, en una suerte de estilo indirecto libre, y que no se sabe si el articulista glosa el pensamiento de alguien, o, como así realmente lo parece, además de resumirlo, lo propone como ejemplo de pensamiento salutífero). Con dicha asociación de ideas (psicoanálisis-nacionalismo) estaríamos ante un ejemplo de lo que mi amigo Javier Gomá ha estudiado como la contradicción moderna que consiste en unir, de un modo fatal, la tendencia al individualismo subjetivista con las estructuras colectivizantes que han finalizado históricamente en las formas políticas totalitarias. Algo de eso trató Javier de explicar en un «programa de libros» de la televisión que tuve que ver hasta el final (por lealtad, ¿o fue solidaridad?, hacia Javier) en el que había un señor empeñado en afirmar, una y otra vez, que él detestaba a Proust (¡y nosotros sin saberlo!: en realidad, aunque el Occidente europeo no se había enterado, el escritor de verdad, entre los de nombre Marcel, es Schwob, y no ese latoso que (se entiende que a diferencia del propio señor que lo anatemizaba) no sabía lo que lo hacía con la pluma). Otro, no menos encantado de haberse conocido, condescendió con Rousseau, al que Gomá procuraba sin el menor eco encuadrar en el sitio que le corresponde, y con toda solemnidad eufónica (era un señor de esos que sabe idiomas y que le encanta dejarlo bien patente), salvó, de toda su obra (y nosotros sin enterarnos tampoco de esto), una frase, dadá según el prócer, referida al futuro de los pueblos que comen pescado. Con el resto de la obra del pensador ginebrino se podía muy bien hacer un hatillo y tirarlo al mar. Pero no voy a esos pormenores, que me aburren profundamente, sino a otra parte del artículo de Muñoz Molina en el que hace un elogio de un tipo de libros que pertenecen «a un género admirable, tan poco cultivado entre nosotros, que mezcla la autobiografía y la erudición, el amor por la literatura y por la divulgación científica, un dejarse llevar por la materia que lo entusiasma a uno con franca curiosidad y puro deseo de saber, sin ir cargado con el fardo verboso de la egolatría». Buena definición. A mí también me entusiasman esos libros. Se refiere a dos de ese «género»: Rapt. Attention and The Focus Life de Winifred Gallagher, y Book of Silence de Sara Maitland. Voy a por ellos a La Central. El valor del silencio (cuando lo que nos rodea son espectáculos televisivos y journaliers como los que me he referido), de la atención al presente y al otro, a lo que merece la pena, fuera y dentro de nosotros, la persuasión, en una palabra. Precisamente, Xavier Pla me dejó hace poco una obra maestra que responde a esas características de un modo ejemplar, y que estoy leyendo estos días: The Dominion Of The Dead, de Robert Pogue Harrison. Y me ha llegado también (a ver si esta semana puedo zambullirme a placer en sus 700 densas páginas) el nuevo libro de César Antonio Molina, Lugares donde se calma el dolor (Destino, 2009). Pienso de antemano que también se le pueden aplicar al libro de César los elementos de la definición propuesta más arriba: amor a la sabiduría y a la literatura, un franco dejarse llevar, una mezcla de autobiografía y erudición, carente de egolatría.

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