Siegfried Lenz

Vaya por delante que amo profundamente la obra de Siegfried Lenz: no la conozco toda, pero cada vez que aparece un libro suyo, traducido, lo que ocurre con cuenta gotas (pienso que el editor adecuado podría haber provocado un idilio permanente entre Lenz y los lectores españoles, mais…), el corazón me da un vuelco: lo compro de inmediato, y a la primera oportunidad lo leo. Los últimos –El legado de Arne, Objetos perdidos, Que tierno era Suleyken, Duelo con la sombra–, además, a diferencia de sus novelas iniciales, son bastante breves, y se leen de un soplo. Hace pocos días, en mi librería de cabecera, encontré Schweigeminute, Minuto de silencio (Maeva, 2009, 15 €). ¡Qué placer! ¡Qué placer puede llegar a sentirse al leer una buena historia de amor como ésta! ¡Qué íntima experiencia, qué difícil describirla y qué necesidad imperiosa de compartir esa felicidad! Gracias a Lenz, a su capacidad de evocación, a su medida sencillez, mientras dura la lectura, el mundo real es posible. Por un instante. Os copio un párrafo, en el que el narrador describe una alegre comida veraniega, como ejemplo: «Admiró la destreza con la que yo cortaba el pescado, sobre todo el corte longitudinal con el que separé el filete del lomo del vientre; intentó imitarme, pero fracasó y me acerqué a su plato y lo hice en su lugar. Stella observó interesada cómo cogí la espina con ambas manos, la limpié con la lengua con esmero y fruición, y después la mantuve frente a mí. Soltó una carcajada, giró el rostro, volvió a mirarme y riendo dijo: Estupendo, Christian, quédate así, esto hay que inmortalizarlo». El narrador, Christian, en el último curso del Instituto, apenas cumplidos los dieciocho años, se enamora de Stella, su profesora de inglés. Un amor limpio, puro, absoluto. La diferencia de edad, la relación de autoridad con la maestra, y la discreta reserva que ese hecho les impone a ambos, añade al inmenso coup de foudre la belleza del secreto. «A veces pasa eso: no sabes lo que te ocurre, a veces estás indefenso» (80). Todo es muy sutil: él roza la mayoría de edad, trabaja y se mantiene por sus propios medios, sabe bien lo que quiere; ella está llena de una honestidad profunda. «Comprendí que no podía revelar ese descubrimiento en el colegio, ya que una revelación así amenazaba con poner fin a algo que para mí significaba todo; quizá debemos dejar reposar y preservar en el silencio aquello que nos hace felices» (113). Viven en un pequeño puerto pesquero del mar Báltico: la sombra poderosa del primer Mann planea victoriosa por las páginas últimas de Lenz: los amores adolescentes que conforman lo más íntimo de un ser humano que ya nunca rozará aquello que, inspirado por eros, una vez atisbó y vivió. No os cuento más. En cada página palpita la convicción (que comparto) de que la vida sin amor es desconsoladora, y a la vez resplandece otra verdad, acaso complementaria: sin la decisión moral, la vivencia del amor se corroe desde dentro, sofocando una vitalidad carente de cualquier posibilidad de crecer y desarrollarse.

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