Notas para un diario 136

Precioso viaje lisboeta y porteño, del que hablaré con calma, tal vez, más adelante. A la vuelta, en un avión inestable, que se mecía al ritmo del temporal que atraviesa furioso la península, continúo mi lectura de Edith Wharton. All Souls, la última historia, enviada a James Pinker, su agente literario, en febrero de 1937, pocos meses antes de su muerte ocurrida el 11 de agosto de aquel año, es la myse en abîme de su muerte real, inminente, cada vez más próxima. Su entrada en el gran silencio del que escribe que le acompañaba, escaleras abajo, cuando descendía por los peldaños de roble pulido de su vieja y solitaria mansión. And as she descended, the silence descended with her –heavier, denser, more absolute. En pocos escritos se ha captado esa penetración del silencio que invade el alma de la protagonista de esa historia póstuma. It had a quality she had never been aware of in any other silence, as though it were not merely an absence of sound, a thin barrier between the ear and the surging murmur of life just betond, but an impenetrable substance made out of the world-wide cessation of all life and all movement… there was no limit to this silence, no outer margin, nothing beyond it. ¡Qué prosa! A Edith Wharton, que había vivido con intensidad la amistad y el amor, ambas realidades, distintas en ocasiones, a veces sutilmente entremezcladas, y siempre gozosamente experimentadas hasta el límite de sus maravillosas posibilidades de mutua entrega, se había quedado por fin sola: sus grandes amitiés, sus amitiés amouresuses, sus liaisons, dangereuses o no, se habían ido muriendo y, cada primero de noviembre, all souls, sus seres queridos, sus amigos a los que adoró y con los que compartió la pasión por la literatura y por la vida, comenzaban a rondarle por la cabeza y por la casa con sus ecos, con sus llamadas desde detrás del espejo, incitándola a unirse a ellos para siempre. Creo que el sentido de la amistad, cuando no se cierra ni al amor ni tampoco a la inevitable renuncia que no pocas veces implica, es el sentimiento más precioso y más digno que puede tener un ser humano; benditos aquellos a quienes se les ha otorgado ese don, como a Edith Wharton, a manos llenas.
(En la foto Edith Wharton aparece rodeada de algunos de sus viejos amigos en Ste. Claire, la casa que compró a finales de 1926 en Hyères. Si os fijáis bien, uno de los que están sentados con ella en el jardín podría ser Scott Fitzgerald, que había colaborado con ella en alguna adaptación cinematográfica, y que ya había publicado El Gran Gatsby. Pero, más interesante aún es la presencia a su lado de su viejo amor, Walter Berry, un amigo de toda la vida que murió el año siguiente. A su muerte, Edith Wharton escribió: No words can tell my desolation. He had been to me, in turn, all that one beign can be to another, in live, in friendship, in understanding. ¿Alguien conoce una oración fúnebre más bella?)

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