Notas para un diario 127

Por fin aquí, en este espacio de las notas, inexistente/necesario, en el que me apenas me hallo, lo que ya es mucho, teniendo en cuenta que vivo como la salamandra, en fuga, y que ya casi no me queda ni el refugio del escollo contra el que las olas baten en pareados, pues aquí estoy asomando de nuevo y por un instante, y lo primero que quiero decir es que, ayer, cuando vi en cosaswood la foto de Rocío/Annie/Rocío (¿cómo nos llamamos realmente?¿somos uno, dos, tres, multitud acaso?) recordé de inmediato el famoso Nocturno de Lauren Mendinueta: «Durante la tormenta/Dios toma fotografías/y yo intento ver el ojo/al otro lado de la lente», y pensé en lo mucho que le hubiera gustado este cuarteto al Brodsky (que era hijo de fotógrafo y) que escribió este otro: «Yo no era más que aquello que tú/con la mano acariciabas,/allí donde en noche de pavor,/cerrada, la frente reclinabas». No se puede decir más bellamente que el amante crea, con el dibujo de la mano, al amado, ni que cerca del corazón del amado deben reposar todos los miedos, empezando por el miedo a amarse. Por cierto, ¿sabías que Menchu Gutiérrez tradujo Marca de agua, el libro de Brodsky sobre Venecia, uno de los cinco que reposan cerca de mi oreja, sobre la mesilla, y me van susurrando de noche lo que no debo escribir: en mi caso, más que de complacer a una sombra, se trata de calentarme con la luz color zinc que me viene directamente del Báltico peterburgués. Del Báltico, de Madrid, del S´Agaró de mi infancia (lo que he recuperado en parte en los cuadros de María Perelló), pero también de la luz de septiembre que empieza a brillar (sobre todo por las tardes doradas y azules) en estas latitudes vasco/francesas, o la que encuentro en los retratos del barroco noritaliano, al que no me ha hecho falta convertirme porque nací así, viejo, católico y contrahecho (bend, dicen los ingleses amantes del Véneto, pero no, no es eso precisamente en mi caso). He encontrado para ti otro pintor (das una patada y te salen media docena), el conde Pietro Antonio Rotari, nacido en Verona y muerto en 1762 en San Petersburgo, no me digas que no tiene coña el asunto, y convéncete de que todo está escrito de antemano, nos limitamos a movernos en círculos/en espiral, a cumplimentar un guión previamente establecido, aunque lleno de quiebros y laberintos, de incapacidades de ver, de advertir, de entrever, no encuentro una muestra más extraordinaria que internet, donde todo acaba conectando de un modo entre divertido o siniestro, según el tipo de barrios que uno frecuente. El retrato en concreto reúne dos pasiones venecianas/veronesas: el interminable juego de la mirada, con la expresión de los ojos y las pestañas, por un lado, y, por otro, la pasión del libro que la niña se lleva a la boca («en la boca comienza la digestión del universo, o a través del sabor, del único sabor, sentimos que una realidad pasa a formar parte de nosotros, receptáculo de nuestra propia metamorfosis») y con el que tapa el seno incipiente, pleno, interpelante. Pasiones impetuosas, pasiones sutiles. La literatura. Exotismo en el tocado azul y en las tríadas de perlas. ¿Malicia? ¿Quién sabe?

Escriba su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Website Protected by Spam Master