José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009)

Ha muerto ayer, con poco menos de cien años, el poeta Muñoz Rojas. «En un lugar cualquiera/, en este jardín mismo. En lo eterno de un beso/, en una hora cualquiera, noche y día/El cómo, dejárselo al momento…». Borges decía que un escritor acomete en vida dos obras: la escrita y su imagen propia, la persona que aparece ante los demás, pero que ambas están estrechamente vinculadas. Empezaré por ésta última: Muñoz Rojas pertenecía a la inexistente/necesaria tercera España (Un puente entre las dos Españas, titula hoy El País la cobertura de la noticia de su muerte), la que no es cainita, la de la conocordia, la cultura y la gran tradición espiritual y cívica. Hombre entre el 27/36, católico, ilustrado, promotor de la cultura al frente de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del antiguo Banco Urquijo de Don José Lladó (fueron los que editaron y sostuvieron a Xavier Zubiri), dejó al mismo tiempo una obra amplia, clara y plena de sutilezas. Traductor de Eliot (al que conoció personalmente) y de Hopkins (al que personalmente veneraba), afanado con el presente, con el ánimo humano y con la estabilidad divina, nada mejor que un poema suyo, cualquiera, para devolvérnoslo todo entero:
Hay palabras que se unen y crean.

Su unión siempre es fecunda. Quien las tenga

de huéspedes en el alma será salvo.

Decirlas es perderlas. Viven dentro.

Sus nombres son Silencio y Soledad.

Y su fruto la paz. A veces nuestra.

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