Enis Batur, 2

Querido Enis:
Aunque estoy convencido de que nunca leerás esta carta, voy a seguir escribiéndotela. ¿Te acuerdas de Vanka, el protagonista del cuento de Chéjov? Querido abuelo… Voy a escribirte una carta. Te felicito la Navidad y te deseo todos los bienes de Dios. No tengo ni padre ni madre, sólo me quedas tú… Te picaré el tabaco, rezaré a Dios por ti y, si hago mal, azótame todo lo que quieras ¡Qué cosas le dice aquella criatura angelical, otro siervo doliente! Abuelo, ya no puedo más, esto es sencillamente la muerte. Mi vida es triste, peor que la de un perro, querido abuelito, todos me pegan, ven a por mí, apiádate y sálvame. El narrador, cuando el niño de apenas nueve años ha acabado de garabatear la carta, doblado el papel e introducido el mismo en un sobre que ha comprado con sus escasos ahorros, dice que escribió al frente la siguiente dirección: Para el abuelo que está en la aldea. No sé si hay un cuento más triste en Chéjov o elsewhere, pero a mí me hubiera gustado escribir esa carta.
Otra pregunta: ¿sabías que cuando Bruce Chatwin le encargó a John Pawson que le reconstruyera su apartamento en Londres, lo único que le pidió (conocía el del propio Pawson, en la foto) fue que no se vieran los libros. Estaban allí, escondidos, ya lo creo que sí. No hay más que haber leído cualquier obra de Chatwin, Retorno a la Patagonia especialmente, para darse cuenta de que había leído (y asimilado) cientos o miles de libros, pero el hecho es que no quería ni verlos alrededor. Su presencia inmediata, al dueño de casa, se le hacía insoportable.
¿Por qué te digo yo todo esto? Pues la verdad es que no lo sé muy bien, pero me temo que tu libro ha tocado alguna fibra sensible de mi interior, y alterado aún más mi equilibrio, siempre precario, en relación con mi formación y con mi biblioteca. Así pues, podrá decirse que el laberinto de mi biblioteca comienza en las paredes de mi casa y desde allí se extiende por toda la corteza terrestre. Puede que sea discutible la objetividad de esta afirmación, pero todos aquellos que comprendan lo acertado de su subjetividad en lo que vale la suscribirán de inmediato. Llega un día en que junto a la identidad de Dédalo aparece la del hijo. El deseo de huir de mis libros, de la Biblioteca, el impulso de planear hacia una comarca en la que no me salga al paso ni una sola línea, aparta al otro, lo esquiva. Subo y desde la terraza miro largo rato la ciudad, los cerros de atrás y más allá: a veces le abruma a un la sed de silencio absoluto. Como a Chatwin entonces.
A ver si he entendido bien lo que dices (pobre traductor, por cierto: el final de ese párrafo tuyo sí que es laberíntico). Cuando alguien vive en los libros, y el mundo entero sale directamente de los estantes, cuando la Biblioteca –que no es la biblioteca física de cada uno sino el hecho de formar parte, a través de nuestra vida de lectores que se rodean de libros, y se alimentan espiritualmente de ellos, de una realidad que resulta intercambiable con conceptos como el de Proceso, y hasta con el de Ley (en el sentido kafkiano de los mismos)– lo es Todo para uno, entonces puede aparecer, por generación intelectual, una identidad, de hijo, que desea (como la mariposa que sale del gusano de seda) volar libre, en silencio, describiendo un vuelo mágico, nocturno, silencioso.
El esclavo, el que depende de los libros, mental y materialmente, el que se ata a ellos, puede tal vez engendrar un concepto libre. ¿Es eso? ¡Qué bonito pensamiento!
Seguiremos, tal vez.

6 Comments Enis Batur, 2

  1. Isabel Núñez 15/09/2009 at 19:16

    Yo estaba releyendo para un artículo esa primera página maravillosa y triste de Bleak House de Dickens con tanta niebla y tanto barro (hay tanto barro, dice Dickens, que es como si se hubieran retirado las aguas, los perros son indistinguibles del barro, los caballos están cubiertos de él hasta las orejeras, el clima de noviembre es implacable, la gente entrechoca sus paraguas en una infección generalizada de mal humor e incluso los copos de nieve, oscurecidos por el azufre de las chimeneas, parecen guardar luto por la muerte del sol), pues bien, yo recuerdo en ese libro una tristeza de niños terrible. Y es la propia infancia de Dickens la que vemos en esos libros. No hay sentimentalismo, hay un gran poder de la imaginación y una capacidad para que el lenguaje se someta y encaje fonéticamente con la atmósfera interna y las metáforas del paisaje. Es maravilloso.

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  2. delarica@unav.es 15/09/2009 at 23:20

    Casa tomada, que novela extraordinaria (creo que la tesis de Siri Hustvedt versaba sobre eso): yo tengo los dos volúmenes de Alfaguara, magníficos, bajo la mirada de Claudio Guilén, ¿dónde se ha muerto aquel instante de la cultura española? ¿dónde se ha quedado aquella generación de maestros de lectura, de pensamiento, de vida?

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  3. Icíar 16/09/2009 at 07:43

    Creo recordar que Chatwin era el viajero que antes de ser viajero se destrozaba la vista estudiando piedras preciosas ó algo así. El que murió joven. Pero, por qué sentía ese rechazo por los libros, qué curioso, ¿lo sabe, profesor? Qué relación desagradable le evocaban, ¿podría ser el resultado de una relación obsesiva por los libros que te acaba quemando? al fin y al cabo, la satisfacción que se obtiene viajando como él lo hacía, con ese sentido, no tiene rival. ¿Algo así como Don Quijote de la Mancha?.

    Profesor, sé que soy su cruz. Gracias por su paciencia.

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  4. delarica@unav.es 16/09/2009 at 12:17

    Pero cómo vas a ser mi cruz. En absoluto.

    Pero me temo que no puedo contestarte a la pregunta.

    La vida de Bruce Chatwin es un misterio patente.

    Me gustaría poder hablar de eso un poco más adelante

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  5. Isabel Núñez 16/09/2009 at 15:06

    Tal vez la clave esté en su mirada, esos ojos azules casi de ciego… Pero también en ese desarraigo, esa proyección hacia fuera, serviría lo que Zweig dijo de Kleist, trata de los demonios interiores, dice que Kleist se proyectó como una flecha o como una piedra en todas las direcciones, detenido por espía (tanta peregrinación despertaba sospechas), herido en una batalla y siempre en movimiento, huyendo de su demonio interior, huyendo o acercándose al abismo, y en esa lucha con su daimon interno lo único que sabía hacer era correr por la tierra hasta destruirse… Ya sé que Chatwin era distinto, pero algo interior sin duda lo recorría…

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  6. Isabel Núñez 16/09/2009 at 15:07

    Álvaro, querías decir Casa desolada, verdad? Porque Casa tomada es aquel cuento de Cortázar que Buñuel retomó en El ángel exterminador

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