María Luisa Elío 2


Fernando Pérez Ollo publicó el pasado lunes 10 de agosto, en su sección A punta seca del Diario de Navarra, una ampliación de la necrológica de María Luisa ElíoPérez Ollo es quien mejor conoce la historia de los Elío en su conjunto (especialmente lo que les ocurrió en Navarra durante la guerra): tiene los datos reales y además siempre ha sabido ponderarlos en su justa medida. Por eso es importante que no caiga en saco roto este escrito. Vendrán tiempos en los que se borrarán aún más los hechos, y entonces las ponderaciones quizás ya no sean posibles. Yo estoy escribiendo sobre ese periodo de la historia española y europea, y sobre su literatura, de la que Tiempo de llorar me parece un ejemplo, y no quiero perderme cosas como las que ofrece Fernando.

El viernes 17 de julio pasado falleció en Coyoacán, Ciudad de México, María Luisa Elío, nacida en Pamplona a las 9 horas del 17 de agosto de 1926 (en 1929, regurgitan las biografías), tercera y última hija de Luis Elío Torres, de conspicua familia navarra, aunque alumbrado en Tarragona (1895) y de Carmen Bernal López de Lago, murciana de Mazarrón (1896). Los Elío-Bernal se casaron en 1920. El viernes 17 de María Luisa vio la luz en el número 16 de la calle Arrieta, en el tramo entonces llamado Leire (entre Carlos III y Príncipe de Viana). Luis Elío, abogado de carrera desde 1921, fue uno de los quince profesionales que en 1927 optaron a la Secretaría del Ayuntamiento de Pamplona, vacante por defunción de Francisco Mata Lizaso. Al año siguiente Elío, ya juez municipal desde 1926, presidió desde su constitución -a propuesta de diversas asociaciones obreras- el Comité Paritario Interlocal de Despachos, Oficinas y Bancos de Pamplona, uno de los Jurados Mixtos de Trabajo. Rico terrateniente por familia, tenía fincas en Barañáin, Landaben, Berichitos y San Juan de la Cadena, así como casa y molino en Aoiz. En 1932, García Enciso le imprimió Contratos de arrendamientos de fincas urbanas”, librito de 83 páginas, vendido al precio de 2 pesetas, con los textos legales vigentes en la materia, comentarios y notas.En 1935, Elío donó las casas de Barañáin a sus renteros. Pasaba por hombre de izquierdas, republicano, próximo al socialismo y al nacionalismo vasco, si bien participó en la suscripción para el homenaje al general Primo de Rivera con tres duros, la misma cantidad que el ayuntamiento de Bakaiku, y encabezó la Junta diocesana contra la blasfemia y pro catecismo.

Cuando estalló la guerra civil, Elío fue detenido en su domicilio, Roncesvalles, 2, 5º izquierda, ante su mujer e hijas, Carmenchu, Cecilia y María Luisa, por dos policías de la secreta y dos falangistas y llevado a la comisaría en la misma calle, de donde le sacó Generoso Huarte Vidondo (1886-1978), impresor y carlista notorio -fue capitán de requetés, Tercio Nuestra Señora del Camino- y vocal obrero suplente del Comité Paritario. Huarte le llevó a su casa, en García Ximénez, 2, donde le escondió unos días. Las hijas de Huarte eran compañeras de colegio y amigas de las Elío Bernal. Luis Elío contó años más tarde en “Soledad de silencio”, libro firmado en 1965, pero de publicación póstuma (México,1980), con prólogo de su nieta Gadalupe Noriega Elío, que durante la guerra estuvo escondido en una casa más allá de la Vuelta del Castillo, desde la que por las mañanas oía escopetas. Se ha repetido que la familia, incluida su mujer, que le visitaba en casa de Huarte, llegó a darle por muerto, aunque algunos hablaban de que permaneció escondido en un convento extramuros. Hoy sabemos, gracias a una de las chicas de Huarte, María del Carmen, casada más tarde con el periodista pamplonés Miguel Ángel Astiz (1919-1984), que al juez Elío le salvó Blas Inza Cabasés (1885-1970), director de la Casa de Misericordia y conocido partidario de la sublevación contra la República. Inza le ocultó en sus dependencias personales de la Meca durante toda la guerra, alojado a veces en un armario.Lo que oía Elío no eran, pues, alegres escopetas matinales. Acabada la contienda civil, Inza le preparó al juez, ya para entonces expropiado por el régimen, el paso a Francia por Baztán. Elío paró en el campo de internamiento de Gurs (Pirineos Atlánticos) antes de llegar a París, donde se reunió con su mujer e hijas -que por Elizondo y Dantxarinea llegaron a San Sebastián y de ahí, en julio de 1937, a Valencia y Barcelona, y de allí donde fueron a París en 1938. Con ellas cruzó a México, gracias a Indalecio Prieto, que luego habló de Elío en sus “Cartas a un escultor” (Sebastián Miranda). En 1941, el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas juzgó al ex juez en rebeldía y le condenó por pertenencia al PSOE.

El reencuentro conyugal no prosperó. María Luisa recordaba que en París “era difícil reconocer en ella (su madre) a la mamá de Pamplona” y respecto a su padre no fue menos explícita: “Pasaron veinte o treinta años antes de que muriera, no sé cuántos exactamente, pero el anterior papá ya había muerto”.

La historia del padre, que dispara múltiples preguntas y se cerró en un triste nosocomio, condicionó a la hija, pero ella merece atención y recuerdo por sí sola.

María Luisa Elío, inteligente, bella y elegante -lo que ahora se etiqueta glamour-, estudió teatro, destacó en los círculos literarios y artísticos y casó con Jomi García Ascot, también hijo de exiliados. Con él -luego fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC- rodó El balcón vacío(1961-2) a partir de un breve texto suyo de ese título, más tarde inserto en Cuaderno de apuntes(México, 1995).

Muerto ya el padre y divorciada (1968), María Luisa volvió por primera vez a Pamplona avanzado el verano de 1970, con su hijo Diego, de siete años, y a esas vivencias debemos Tiempo de llorar (México, 1988), libro bello, breve e intenso, proustiano, que no refleja la visita, sino su vida entera. Diego escribió mucho después: “Recuerdo cómo de niño me fascinaban las historias que me contaba mamá. Y lo que me contaba, ahora lo sé, era su vida.Una vida tan particular que a veces da miedo”.

El libro, que se lee de un tirón, no es en absoluto un diario de viaje mechado con la correspondencia con las dos hermanas. El viaje puede parecer un feliz reencuentro con su ciudad y su gente -los Torres, en lugar destacado-, como si la vuelta al origen cerrase un círculo vital. Recupera, sí, la nieve -desconocida para su hijo-, la Taconera y la Media Luna, el Paseo de Valencia y las Ursulinas, las pastillas de café con leche, Barañáin, Quinto Real y el paseo sobre las hojas caídas en el hayedo -Diego sufre el mismo percance acuático que Carmenchu décadas atrás-, “verás cómo soy una verdadera navarra”, las castañas y la palomera, el queso de Roncal y el chorizo de Pamplona, Marcilla y el ganado bravo, “la gente habla como se hablaba antes”, “la misma lluvia menuda de cuando era niña”.

Pero pronto sabe “que no pasearía con mis hermanas”: aunque ella era de Pamplona,ya no pertenecía a la ciudad, sino la ciudad a ella. La idea central va en sus primeras líneas:”Y ahora me doy cuenta que regresar es irse. Es decir, que volver a Pamplona es irse de Pamplona. Al fin voy a volver donde las cosas no están ya. He vivido en el mundo de mi propia cabeza, el verdadero mundo quizá, y contando poco con el mundo exterior”. El libro, según su hijo, “fue una liberación”, en buena parte porque aquí sufrió una crisis -los más cercanos pensaron que quiso morir- y a su paso por el sanatorio responden los terribles fogonazos de Locura, que abren Cuaderno de apuntes.

Si bien María Luisa Elío nunca se consideró escritora, su libro, desnudo de retórica, fácil, sereno y naïf en apariencia, de estilo fragmentario, encierra una recuperación del tiempo perdido, que no es el de la propia autora, sino, como observa atinado Álvaro de la Rica, el del hijo, Diego.

María Luisa Elío merece aquí un recuerdo agradecido por ese libro, que prologaron Salvador Elizondo y Álvaro Mutis. Pero su nombre va unido a Cien años de soledad, que García Márquez le dedicó, porque, según el novelista, “María Luisa era como un oráculo hospitalario, al que se acudía sin saberlo. Su conversación solía importar revelaciones certeras, asombrosas, hechas de iluminaciones naturales y de una ironía afectuosa.” Fue la primera persona, con su marido, cautivada por la novela aún en elaboración, corría septiembre de 1965, cuando la conoció de labios de Gabo, en casa de Mutis. Ella contaba: “Gabo me preguntó: ¿Te gusta el libro? Dije: Me maravilla. Y él contestó: Pues es tuyo”. “Nunca tuve dudas, desde sus primas visitas, para dedicarles el libro. Las reacciones y el entusiasmo me iluminaban los desfiladeros de mi novela real”, resume el nobel colombiano.

7 Comments María Luisa Elío 2

  1. paisajescritos 25/08/2009 at 18:07

    Álvaro, me acordé de tí el otro día, y debí comentarlo en el momento. Creo que fue el sábado, en El Mundo, aparecía una necrológica de María Luisa Elío. La verdad (no recuerdo su autor) venía a contar lo que ya habías anticipado en tu entrada primera. Prueba a ver si está en la web del periódico, si es que no lo has leído ya.
    Veo que has vuelto a tu hobby de "cuando no estás con otros". Preparando la temporada… aquí seguimos (bueno, yo aún no he vuelto a casa).

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  2. delarica@unav.es 25/08/2009 at 18:16

    La he leído. Muchas gracias. He vuelto? la verdad es que en realidad no me había ido.

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  3. Delphine 25/08/2009 at 20:58

    Je n'ai pas lu l'article ce soir, trop long et trop tard et trop de fatigue, ce sera pour demain. Ce que je sais, c'est que cette grande dame écrit avec une telle profondeur et une telle sensibilité qu'il peut être douloureux d'aborder son oeuvre.
    Bonsoir Alvaro

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  4. delarica@unav.es 25/08/2009 at 22:02

    Doloroso pero necesario: no me olvido de su experiencia de tocar la verdad con la mano; todo está en los márgenes de la locura, de este lado el arte (sobre todo el arte de la vida) y del otro la enfermedad. Fuera de esos márgenes la nada, la convención, el aburrimiento, el vacío total. Buenas noches para ti también.

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  5. Delphine 26/08/2009 at 23:12

    Tu parles – et pas pour la première fois- de frontières. Mais je ne te rejoins pas sur ce point. D'accord pour la vérité de la vie jusqu'à la toucher. Mais est-il pour autant nécessaire de cotoyer la folie? L'art de la vie ou la folie face au vide? Je suis un peu perdue. J'aimerais que tu développes.

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  6. delarica@unav.es 27/08/2009 at 07:53

    Je t´assure que je vais le faire, bientôt en plus. En fait, c´est le thème de mon prochain livre, une longue promenade auprès de mon fontière vasque/franco/espagnole. Je suis aussi un peu perdu, comme toi. Heureusement perdu. Pour l´instant.

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  7. Delphine 27/08/2009 at 16:05

    Si c'est "heureusement perdu"…
    :-)Très beau thème que ces promenades pour ton prochain livre. Mais je maintiens qu'à mon sens il est dangereux de se pencher pour regarder au-delà de la frontière qui borde la folie; le vertige existe et peut faire perdre pied. Ce n'est pas de la couardise mais de la prudence. J'avoue cependant que cet autre côté de la frontière présente souvent le génie parce qu'habité de sensibilités extrêmes et par conséquent de constantes souffrances. On ne choisit pas toujours à quelle distance on se situe de la frontière… Bonne soirée et merci pour ta réponse.

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