Agosto

Me recuerda un amigo el poema Agosto de Joseph Brodsky. El poema tiene su historial: parece que es el último que escribió, muy poco antes de su muerte el 28 de enero de 1996. Eso se nota perfectamente en un texto profundamente roto, obsesionado con el vacío, la vulgaridad y el paso del tiempo. Ahora, ¿por qué se abría acordado Brodsky de agosto en pleno invierno? No lo sé, pero me encantaría preguntárselo; por mi parte, algo he comprendido últimamente, aunque no tengo demasiadas ganas de hablar de ello. Prefiero limitarme a copiar esta bellísima composición, que tanto me consuela, a pesar de su demoledora dureza. La versión española se debe a Ricardo San Vicente (en No vendrá el diluvio tras nosotros, Galaxia/Círculo, 2000).
Agosto
Pequeños pueblos, donde no os dicen la verdad.
Ni falta que hace, pues es de ayer, de todos modos.
Tras el cristal susurran unos olmos queriendo celebrar
las gracias de un paisaje que sólo el tren conoce. Zumba un
abejorro.

El paladín, tras una carretera hecha a cruces del destino,
es un semáforo ahora; y el río, si vais de cara.
Tampoco el espejo en que os miráis es tan distinto
de quienes de vosotros no recuerdan nada.

En el calor, postigos ciegos se tejen de un feo rumor,
o simplemente con la hiedra, para no dar razones.
Un joven que irrumpe en la casa, tostado por el sol,
os desposee del futuro, sólo en calzones.

Por eso oscurece poco a poco. La noche se moldea
en forma de plaza de estación, con su estatua, su fuente
y lo demás, y la mirada en que se lee un “maldito seas”
guarda directa proporción con el gentío ausente.

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