Notas para un diario 121

Un árbol de Navidad. El sorteo nacional de la lotería. Un sorteo peculiar. Un sorteo personalizado. No hay ningún participante más. Sólo yo, aunque nadie queda excluido del mismo. Consiste en introducir, por la copa del árbol, una bola blanca. Si yo la veo, y la cojo, antes de que caiga al suelo, me toca la lotería y me convierto en alguien inmensamente rico. La mano inocente que lanza la bola es un viejo poeta al que admiro (también hay algo en su poesía que me repele profundamente). Un poeta viejo y muerto que me habla con la claridad y la parsimonia con la que lo hacía en vida, deletreando suavemente cada palabra. Por fin introduce la bola en el árbol. La bola comienza a descender entre las ramas. Cuando está a la altura de los ojos la oigo, pero no la veo; cuando llega a la altura de mis manos, la veo pero no la puedo alcanzar. Durante un tiempo pienso que he perdido el sorteo. Lo esperado. No tiene nada de particular, al fin y al cabo es prácticamente imposible, en esta vida, que a uno le toque la lotería. Cuando voy a darme la vuelta, para irme, oigo de nuevo la bola. Miro y está todavía en el árbol, casi a la altura de mis pies. Me agacho y la recojo con toda tranquilidad. Tengo una felicidad inmensa, mezclada con una cierta incredulidad, tan grande y desorbitado es el premio que voy a obtener. El poeta, que hace el papel de notario del premio, consulta con un ayudante si ha visto de donde he recogido la bola. ¿Del suelo? ¿Del árbol? Ninguno de los dos lo ha visto realmente. Yo no digo nada, no me defiendo. El poeta sentencia que, puesto que no puede atestiguar de donde la he recogido, no me pueden dar el premio. Me lo dice de un modo amargo y añade que se trata del precio que tengo que pagar si quiero ser poeta: renunciar al premio. Entonces me enfado y me encaro con él: le reprocho que esté amargado y le digo que conozco perfectamente la causa, que la he visto reflejada en su poesía. Tiene algo que ver con su relación con Dios. El viejo poeta me mira con odio y me dice que me acuerde de Fausto. Por dentro, más que triste, estoy rebelado por la injusticia.
(El cuadro de la foto pertenece al pintor y poeta polaco Josef Czapski)

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