Dublín, 1

Hace unos días recibí una carta extraordinaria. Me la enviaba, desde Berlín, mi amiga Irene Antón, editora de la casi recién creada Errata Naturae, uno de los proyectos más inspirados y prometedores del panorama editorial español. Irene, además de su labor editorial, es una ensayista fuera de lo corriente (basta con leer su presentación a El niño criminal de Jean Genet, que acaba de aparecer) para darse perfecta cuenta de su talento literario. Me decía, entre otras cosas, lo siguiente: Yo sigo muy bien, con dolor de ojos, pero eso son gajes del oficio (traducir, corregir… la pantalla del ordenador). Por eso me mantengo algo alejada del ordenador. Pero ¿sabes? Ayer miré algo de manera muy distinta. Con otra intensidad. Te lo cuento. Fui a ver el famoso busto de Nefertiti, en el Altes Museum. ¿Lo has visto? Yo voy a visitarlo siempre que vengo. Es impresionante, de una belleza que deja sin aliento. Lo miré muy bien durante unos cinco minutos, desde distintas perspectivas, el cuello, extraordinario, los pómulos, deliciosos, la nariz, perfecta, los ojos, abrumadores y los labios… creo que haría casi cualquier cosa por poder rozarle los labios, pasarles el dedo despacio por encima. En estos cinco minutos me interrumpieron varias veces para pedirme que me apartara: querían, sin cesar, hacerle fotos. Entonces, cansada, me retiré un poco y miré el cuadro general, a toda esa gente agolpada en torno al famoso busto. Ahí estaban, sin mirar, sin mirar de verdad. Con sus cámaras y sus audioguías, como si llevasen guantes, protegiéndose. Ni una mirada limpia: sólo una ojeada rápida a través del objetivo para ver si la cámara había captado bien la imagen. Parados el tiempo justo para escuchar el breve discurso de la audioguía, igual para todos y cada vez. Qué relación más extraña la de nuestros contemporáneos con la belleza. Cuánto miedo. Nadie mira y nadie piensa: todos salen corriendo. Qué gran vacío de verdad, de experiencia. Me recordó también al pasaje de Genet sobre el que hablamos en nuestro desayuno: aquél en el que reprocha a los burgueses su relación con la violencia y el crimen, esa manera de sólo poder soportarla de lejos, a través de la representación que de ella hacen actores y artistas. ¿Te acuerdas? Cuando he tenido ganas de gritarles a todos, de despertar a tanto zombie, he recordado que ésa es la razón por la que me gustan tan poco los museos, me he despedido de Nefertiti que, impasible, nos observa desde sus siglos y me he ido.
A mí tampoco me gustan los museos. En los dos días que llevo en Dubín, no he entrado en uno, ni por asomo. Para mí toda la cuidad es un museo. Las calles especialmente, los rostros enrojecidos. Sólo pensar en quienes se han paseado por aquí, me deja exhausto. Llevo treinta años (leí El retrato del artista adolescente a los 13) leyendo sin parar a los irlandeses: Joyce, Wilde, Beckett, Yeats muy especialmente, Elisabeth Bowen, Le Fanu, Lord Dunsany, Heany, Trevor, Kavannagh, la lista es interminable. Yo he muerto a Dublín a través de sus escritores. Hace mucho que aposté por la muerte vital, por instalarme en el teatro del mundo. Como una máscara. En un escenario. Si hay espectadores mejor, pero al menos siempre hay uno ante el que jugar (play) la divina comedia. Much more than enough! Claro que los burgueses sólo aceptamos el mal a través de las representaciones, Irene. Y follamos con condón. ¿Qué hacen a diario si no los mass media? ¿quién podría desayunar con sangre de la de verdad? Demasiada realidad para ser soportada. Callejeando por las calles peatonales del centro (Dawson, Exchequer, Grafton, Duke Street) he entrado en un anticuario y comprado una edición del De Profundis de Wilde, que he releído mientras cenaba un espectacular monkfish, o sea un rape, sólo, con mi ángel de la guarda que ha impedido por lo demás que me haya metamorfoseado en pez. Wilde era otro sujeto carcelario como Genet. Y otro homosexual, pero éste enamorado del Cristo. ¿Sabes que, cuando salió de la cárcel, tenía como obsesión escribir un ensayo que habría de haberse titulado De Cristo como precursor de los poetas románticos. Lo que nos hemos perdido, aunque en su autobiografía, un monumento de desnudamiento y genio inscrita para los siglos venideros, hay más de una muestra de lo que quería decir al respecto. Salió tan lacerado y crucificado de Reading Goal que no le hizo falta siquiera escribirlo. André Gide, cuando fue a visitarlo, no dudo ni un instante en afirmar que había esperado encontrarse con un poeta y que se dio de narices con un santo. Otro que sabía bien de lo que hablaba. Del bien. Del mal. De la santidad de lo real. Y de la necesidad de la representación.

Escriba su comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Website Protected by Spam Master