Una temporada en Venecia

«Entre veinte minutos de paseo por una calle de París y la más larga y minuciosa colección de fotografías, hay un abismo. La una es una mera idea, una representación, un concepto, una elaboración intelectual; mientras que la otra es ponerse realmente uno en presencia del objeto, esto es vivirlo, vivir con él; tenerlo propia y realmente en la vida; no en el concepto que lo sustituya; no la fotografía que lo sustituya; no el plano, no el esquema que lo sustituya, sino él mismo.» Con esta frase cerraba García Morente la cuestión de quién conoce mejor una ciudad (París, Venecia, peu importe, la foto es una vista de la playa veneciana del Lido), si quien la ha estudiado y amado durante una vida, conoce cada esquina de su plano topográfico, su historia, su literatura, su música, la memoria escrita de sus gentes, pero no ha estado físicamente allí, o quien, ignorante de todo lo demás, da un largo paseo distraído por sus calles y parques. Esta cuestión, por medio de esta imagen polémica, conflictiva, me ha rondado desde que, con catorce o quince años, leí el comienzo magistral de las Lecciones preliminares de filosofía. Ya entonces, aunque la cosa se me metió hasta bien dentro de mi mente, me negué a aceptar la solución vitalista de Don Manuel. Ni estuve ni estoy de acuerdo con el prestigio que tiene entre los hombres lo fáctico, lo que se ha llamado la Erlebnis, la vivencia. Lejos nos llevaría justificar mi posición, y no es el caso, pero como buen nihilista que soy, prefiero el ser cuando se manifiesta como carencia, como ausencia y hasta como representación. Eliot dijo, también en este sentido, que la humanidad no podemos soportar mucha realidad, porque se nos atraganta y en cuanto tenemos «contacto» con ella nos sacia y llega a darnos asco. Las mejores melodías, dijo Keats, en los versos de la Ode to a grecian urn, son las canciones inaudibles, las que suenan sólo para los oídos interiores del espíritu. Frente al mito de la vivencia, yo antepuse sin saberlo, y lo sostengo hoy aún con más fuerza, el final eterno de esa oda: Beauty is truth, truth beauty,– that is all. No he podido dejar de recordar este hito, de mis lecturas, al disfrutar con la última (o casi) propuesta de la editorial minúscula, el precioso relato del polaco Odojewski titulado Una temporada en Venecia. No quiero hablar mucho del contenido del libro; se trata de una historia de las que es mucho mejor que nos coja por sorpresa; pero si la leéis, os daréis cuenta de que la cuestión de la que he hablado antes, lo que yo llamaría la pertinencia o no de reducir la vivencia a lo puramente vivencial, sigue hoy como ayer como siempre plenamente vigente. 

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