Stig Dagerman

La primera vez que he oído hablar de Stig Dagerman ha sido hace unos meses. Fue a Le Clézio en su espectacular Nobel Lecture (me temo que nadie le ha hecho ni caso). En concreto, decía lo siguiente: Shortly before I received the—to me, astonishing—news that the Swedish Academy was awarding me this distinction, I was re-reading a little book by Stig Dagerman that I am particularly fond of: a collection of political essays entitled Essäer och texter. It was no mere chance that I was re-reading this bitter, abrasive book. I was preparing a trip to Sweden to receive the prize which the Association of the Friends of Stig Dagerman had awarded to me the previous summer, to visit the places where the writer had lived as a child. I have always been particularly receptive to Dagerman’s writing, to the way in which he combines a child-like tenderness with naïveté and sarcasm. And to his idealism. To the clear-sightedness with which he judges his troubled, post-war era—that of his mature years, and of my childhood. One sentence in particular caught my attention, and seemed to be addressed to me at that very moment, for I had just published a novel entitled Ritournelle de la faim. That sentence, or that passage rather, is as follows: «How is it possible on the one hand, for example, to behave as if nothing on earth were more important than literature, and on the other fail to see that wherever one looks, people are struggling against hunger and will necessarily consider that the most important thing is what they earn at the end of the month? Because this is where he (the writer) is confronted with a new paradox: while all he wanted was to write for those who are hungry, he now discovers that it is only those who have plenty to eat who have the leisure to take notice of his existence.» (The Writer and Consciousness) This «forest of paradoxes», as Stig Dagerman calls it, is, precisely, the realm of writing, the place from which the artist must not attempt to escape: on the contrary, he or she must «camp out» there in order to examine every detail, explore every path, name every tree. It is not always a pleasant stay. He thought he had found shelter, she was confiding in her page as if it were a close, indulgent friend; but now these writers are confronted with reality, not merely as observers, but as actors. They must choose sides, establish their distance. Cicero, Rabelais, Condorcet, Rousseau, Madame de Staël, or, far more recently, Solzhenitsyn or Hwang Sok-yong, Abdelatif Laâbi, or Milan Kundera: all were obliged to follow the path of exile. For someone like myself who has always—except during that brief war-time period—enjoyed freedom of movement, the idea that one might be forbidden to live in the place one has chosen is as inadmissible as being deprived of one’s freedom.
Me impresionó ese párrafo. Luego me di cuenta de que Le Clézio titula su discurso del Nobel con la expresión de Dagerman: el bosque de las paradojas, expresión con la que pretende ofrecer una aproximación al hecho literario en sí. La referencia a libros ácidos, hasta la abrasión, me despertó el interés por ese autor sueco al que hasta entonces no había ni siquiera oído nombrar.
Fortuna vino en mi auxilio cuando encontré, hace dos días, en mi librería de cabecera, un pequeño volúmen cuyo título me impresionó: Nuestra necesidad de consuelo es interminable… ¡Uy!, dije, «esto es lo que necesito». Pensé que alguien me estaba enviando una carta personalizada, lo cogí y me fuí a pagarlo a la caja. Estando allí comprobé con asombro que estaba escrito por Stig Dagerman, aquel autor citado por Le Clézio y al que desde entonces, sabiéndolo o no, andaba buscando.
Llegué a casa con ansia de leerlo. Lo abrí al azar por una página cualquiera y encontré este otro texto deslumbrante: El tiempo es una falsa unidad de medida para medir la vida. El tiempo, en el fondo, es una unidad de medida sin valor ya que sólo alcanza las obras realizadas de mi vida. Pero todo lo importante que me ocurre y que da a mi vida un maravilloso contenido: el encuentro con una persona amada, una caricia, la ayuda en la necesidad, el espectáculo de un claro de luna, un paseo a vela por el mar, la alegría que se siente por un hijo, el estremecimiento ante la belleza, todo esto ocurre completamente fuera del tiempo. Da lo mismo que encuentre la belleza en el espacio de un segundo o de cien años. La dicha no sólo se sitúa al margen del tiempo sino que niega toda relación entre la vida y el tiempo. Descargo pues de mis hombros el fardo del tiempo y, al mismo tiempo, la exigencia de sacar buenos resultados. Mi vida no es algo que deba de ser medido. Ni el salto del ciervo ni la salida del sol son buenos resultados conseguidos en una prueba, Tampoco una vida humana es la superación de una prueba, sino algo que crece hacia la perfección. Y lo que es perfecto no realiza pruebas con buenos resultados, lo que es perfecto obra en estado de reposo.
Como me ha ocurrido cientos de veces, un nombre, un título, un rostro en una foto o en la realidad, han sido el punto de arranque de encuentros maravillosos. Algo muy dentro te lleva hasta esa realidad entrevista en un segundo. Basta una referencia, una pista, y con el tiempo eso que comenzó como un acto momentáneo de empatía se convierte en una relación de las que dan sentido a la propia vida. Así me ha ocurrido con Dagerman y con otras personas últimamente.

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