Notas para un diario 111

A mí me dejan de piedra quienes me escriben quejándose, en algunos casos amargamente, de que sea tan bestia y tan poco delicado como para escribir el tipo de cosas que aparecen en estas notas infernales (eso, desde luego, me parece mucho decir; yo creo que bastaría con afirmar, y probablemente acertarían más quienes me critican, que yo no paso nunca de la consideración de lo que Klossowski llamó el demonio intermedio), y para colmo me reprochan que ilustre mis miserias con esas fotos obscenas en las que no hay más que porquería, una visión de la mujer degradante y un espíritu que no cabe calificar de otra cosa que de podrido (sic). Digo que esas críticas me dejan de piedra, o sea, frío, duro e inmóvil, pero también me asombra el hecho de que parezcan comprender (¡lo que sólo son una meras notas!) mucho mejor que yo mismo: de hecho, yo las escribo precisamente para saber lo que estoy escribiendo, lo ignoro todo al comienzo de cada entrada y confieso que me cuesta descubrirlo después, al releerlas; no parece ser el caso de quienes me han taladrado con su mirada, convirtiendo esta escritura íntima en algo transparente, intercambiable y digno de reprobación. Por mi parte, reconozco que sólo en medio de la escritura, y en muy raras ocasiones, consigo ver algo (de nuevo este verbo no refleja una realidad que tiene más con el eliotiano no ver que con el ver), en el mismo momento en el que un quiebro sintáctico, una imagen o una cita surge de algún lugar remoto de mis adentros y se abre paso, no pocas veces contra mi voluntad explícita. No tiene nada de particular, para alguien que se ha formado leyendo el prólogo de los prólogos, o sea el protoevangelio joánico, que la palabra anteceda a la vida, y hasta que la cree en el mismo momento del decir, pero por ahí nos metemos en un terreno difícil para el que hoy no estoy lo suficientemente descansado. Naturalmente que me interesa mucho este aspecto, ¿cómo llamarlo?, ¿metadiscursivo?, ¿teológico? de la escritura, en cierto sentido es lo quede verdad me ha importado siempre, desde niño (mi vocación literaria es la del comentario más que la de la creación), pero no encuentro nada de esa luz tan anhelada por mí en las críticas que tienen un sesgo moralizante (una dimensión despreciable estéticamemente, en la misma medida en que se opone no a la moral, palabra que viene de mores, costumbre o uso, sino a la ley, cosa muy distinta, misteriosa y seria, inalcanzable, pero a la vez urgente y necesaria). En cambio, pies de nácar (y de paso te apunto que aquí tienes un verdadero temazo para tu siempre postergada tesis doctoral), de vez en cuando, muy de vez en cuando, encuentro aquí y acullá, alguna brizna, des bribes, de lucidez en algunos escritos: Marguerite Duras (Escribir), Hélène Cixous (La llegada a la escritura), René Char (Partage formel), todo Jabès, todo Blanchot, la Dinesen en sus cartas, el Kafka de Diario especialmente, son algunos reductos en los que se encuentran respuestas que pueden colmar los anhelos y dudas de las mentes agitadas como la mía o la tuya. Hay otros (dejádme que me reserve algo para mí, ya dijo el sin par de Rojas, en la obra escrita para que Rosa Lida la pudiese comentar a fondo, que quien entrega su secreto entrega su libertad, algo de lo que yo no tengo la menor gana, la verdad), como por ejemplo los escritos de Agamben sobre literatura. Sin ir más lejos, el otro día estuve leyendo unas reflexiones suyas sobre el enrevesado arte de trovar, el histórico me refiero, y me quedé alucinado con las cosas que decía el profesor italiano. Está hablando de la inagotable cuestión de la relación de la escritura y la vida, la escritura y el amor, que es antes el huevo o la gallina, existe o no la tal Laura, petrarquesca o no, existe Beatrice o Cassandra, Dulcinea o Aldonza, Felice o Grete, todas en una, una en todas, o qué es lo que realmente pasa, a qué o a quién se refieren estas notas, dilo de una vez o calla para siempre. La cuestión no se plantea, en el caso del trovar clus, respecto de la poesía misma, sino en las no menos famosas e importantes razós o vidas que de los trovadores se escribían. Parece lógico pensar que lo que se ha considerado, por las mentes críticas más finas, como los primeros intentos modernos de escribir biografía poética, siguieran el camino que va de la vida a la palabra, o sea que lo escrito o narrado sucediese después de lo vivido, y fuese más tarde recogido y leído fielmente en esas miniaturas verbales. Felizmente la cosa no es del todo así, y en las biografías, como por ejemplo en la Vida de Dante que debemos a Boccaccio, la palabra precede también al acontecimiento, si no en el orden puramente cronológico sí en el ontológico. Las vidas respetan por tanto el programa poético de los trovadores: es la palabra la que engendra, convocándola por medio del deseo, la vida que se narra. Que nadie se engañe. Esto no quiere decir que la palabra sea, ni para mí, ni mucho menos para alguien tan inteligente como el gran Giorgio, un mero significante, algo sin referente o un signo vacío de contenido real. Quod factum est in ipso vita erat. Lo poetizado y lo vivido, dice Agamben, están por consiguiente en la experiencia  poética en la máxima unidad posible, pero lo están con una condición: la de su desobjetivación recíproca. Seguiremos, espero.

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