Notas para un diario 109

No me puedo olvidar de una cosa que me sucedió en Cracovia. Acudo a la Basílica de Santa María, en la Lonja de los Paños, con la necesidad imperiosa de confesar. No tengo tiempo: mi avión sale para Bruselas apenas dos horas más tarde. Entro agobiado y acudo a un sacerdote joven que se haya entregado al Libro de Horas en un confesionario. Hablamos en inglés con toda fluidez, pero se niega a confesarme. Lo dice sonriendo, sin inmutarse. Le pregunto que porqué. Me dice que no habla inglés. «Pero si estamos hablando, será una confesión tan sencilla como necesaria». Sí, no lo dudo, añade, pero no puedo hacerlo. «¿No puede o no quiere?» Me sonríe con una pizca de maldad. La maldad de quien, teniendo en su mano las llaves, se niega a abrir la puerta. Me quedo muy tranquilo, pero triste al mismo tiempo por ese sacerdote que desconoce la carga tremenda que se echa sobre sus espaldas. 

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