David Foster Wallace (1962-2009)

No entiendo porque se me había pasado dejar constancia de que, hace ya unos pocos meses (en concreto en el mes de septiembre), el escritor norteamericano David Foster Wallace apareció ahorcado en su casa de California. Nacido en Nueva York, hijo de profesores universitarios, me lo descubrió mi amigo Diego Doncel. No me parece el genio que algunos quisieron ver en él, ni mucho menos. Ni percibí en sus obras más ambiciosas (La broma infinita, especialmente) a un gran innovador, ni de la lengua, ni de los géneros. A pesar de que se ha dicho lo contrario, veo en Foster Wallace a un continuador de los realistas sucios. Y lo digo como un gran elogio. Traducido al español por Javier Calvo, lo que más me ha interesado de su obra son sus crónicas y ensayos: originales, agudos, y con una carga ética que va mucho más allá de lo que en principio parece. He añadido a esta entrada un fragmento de una intervención del escritor en Italia (2006). Habla, improvisando, de lo que significa ir a un país del que no se conoce una palabra de su lengua. Así era él y su literatura: divertida, fresca, brillante y con un punto muy logrado de ternura. Me gusta especialmente el comienzo de la intervención (Everything that is a failure, is always a victory) y como es capaz de desarrollar la idea del divino fracaso, que desde luego comparto. Ojalá pueda decirse eso en algún sentido de su último paso.

 

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