Marina Tsvetáieva 4 (y último)

Hablemos, pues, de la muerte de Marina Tsvietáieva. ¿Una muerte triste? ¿Y qué muerte no lo es? ¿Una muerte propia, como exigía su amado Rilke? ¿Puede tenerla alguien que muere sola, de su propia mano, sin quedarle nada en el mundo, ni siquiera el dolor, y que después es arrojada a una impía fosa común?
Yo creo que sí puede, pero veamos las cosas un poco más despacio.
Tras diecisiete años de exilio occidental (Berlín, Praga, París), en junio de 1939, Marina vuelve a la URSS con su hijo pequeño, Mur, un adolescente. Su hija Ariadna había hecho lo propio dos años antes. Y su marido, acusado de un oscuro asesinato, había regresado también, vía España. El retorno de su hija y de su marido fue probablemente lo que le obligó a volverse ella también. Había que seguir subiendo a la montaña.
En realidad se desconoce el motivo exacto. Me temo que la pregunta de porqué aceptó volver es de las que seguirá resonando para siempre entre los enigmas de la historia literaria del mundo.
Resulta un tanto obsceno ver como los so called especialistas, según sean más o menos anticomunistas, o incluso según hayan escrito en un momento del siglo XX o en otro, interpretan los hechos de un modo diferente, pero siempre en clave política (también lo hacen con el suicidio posterior) Resulta obsceno pensar que M. Ts pudiera esperar algo de un régimen soviético que odiaba íntimamente. O, por el contrario, que quisiera huir de la comunidad de la emigración rusa en Francia. No eran esos sus motivos, al menos no eran los fundamentales.
Pienso que la vuelta fue un escalón más en la escalera hacia un final que ella sabía que le estaba esperando, inevitablemente. Un acelerador de una muerte presentida y aceptada de antemano por ella. En sus cuadernos insiste en una idea: NO PUEDO MAS.
De lo que no cabe duda es de que M. Ts, a la altura de 1939, estaba destrozada: Terminar de vivir – acabar de mascar/ Un ajenjo amargo, escribe en el otoño de 1940.
Volvió en un barco lleno de comunistas españoles. Allí se reunió con su marido y con su hija. Por muy poco tiempo. Como ella había sospechado, ese mismo año, Serguéi y Alia son detenidos sin motivo, procesados, juzgados, condenados (nada menos que a 16 años de cárcel para Alia) bajo la acusación falsa de que eran espías extranjeros (una acusación tipo en el microcosmos soviético). Me niego a hablar de la carta de súplica que la poeta escribió al Camarada Beria.
En 1941 los nazis invaden la URSSS. Comienzan los bombardeos, la hambruna y el frío, la estolidez. Marina teme que su hijo será pronto reclutado. No tienen para comer. No hay trabajo alguno (ni de limpiadora tampoco). Un callejón sin salida, escribe en su última carta.
Mur y su madre se trasladan a Elábuga, un pueblo tártaro. Deprimente a más no poder. Un buen día, el 31 de agosto de 1941, Marina se ahorca. La encuentra su hijo. A Mur jamás le pasó por la imaginación reprochárselo. Estaban muy unidos, pero sabía mejor que nadie que en adelante todo sería aún mucho peor para ella. Sabía que en los restos mortales de su madre había más vida y calor que en la vida que tenían por delante. Años atrás, estando todavía en Praga, M.Ts había escrito proféticamente que el amor de una madre a su hijo barón era una “respuesta sin pregunta” (Carta a Alexandr Bajraj de 20 de julio de 1923)

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