Bolaño y el pensamiento débil

Hoy, veintitrés de marzo, se cumple un año desde que comencé a escribir este blog.
A la vez que os doy las gracias, os dedico a todos los que lo habéis seguido esta pequeña anécdota literaria. Lo siento pero no se me ocurre un modo mejor de celebrarlo.

Por exigencias profesionales, hace algún tiempo, tuve que asistir en la ciudad de Gerona al curso que dictaba un reputado filósofo, nada menos que el inventor del «pensamiento débil». No me hacía mucha gracia la cosa, pero el viaje tenía un aliciente y una circunstancia atenuante del aburrimiento que me producía la idea de tener que escuchar durante cinco días a aquel ilustre sofista. El aliciente no era otro que el de pasar otros tantos días en la ciudad de Gerona. No sé que me pasa pero al entrar por cualquiera de las callejuelas del barrio judío me siento transportado a otro momento histórico en el que me encuentro a mis anchas: la luz dorada y las sombras sobre las piedras del call me inspiran una paz y una alegría que no sería capaz de describir. La circunstancia atenuante es la siguiente: cuando le conté a una amiga el suplicio que me esperaba, le faltó tiempo para apuntarse a pasar conmigo aquel trágala. Decidió acompañarme y sufrir solidariamente. Hace mucho que leí en Bioy Casares que las mayores tonterías las cometemos cuando estamos solos. Por tanto, bien acompañados es más fácil acertar. Ese fue el caso: después de la primera sesión, tras escuchar durante hora y cuarto el más indeterminado conjunto de trivialidades que quepa imaginar, mi amiga y yo decidimos no volver a poner un pie en la, ¡para más coña!, capilla desacralizada en la que tenían lugar las sesudas sesiones. Pensándolo bien, era el sitio adecuado para tanta inanidad.
De ese modo, aliciente y circunstancia quedaron inesperadamente hermanadas: a partir del mediodía de la primera jornada, mi amiga y yo disponíamos de cuatro días largos por delante para disfrutar de la belleza de la ciudad, de la belleza del vino y de la belleza de la amistad (y yo, por mi parte, de la belleza de mi amiga). Paseamos, bebimos, hablamos. Fue casi perfecto.
Ya que no asistíamos al curso, lo más filosófico nos parecía concentrar nuestra capacidad de cogitar para la sobremesa de las cenas, que se prolongaban hasta las tantas de la madrugada. Como ambos somos muy previsores, aprovechábamos los mediodías para comer frugalmente y dormir unas siestas olímpicas. Una tarde, seguramente alterado por la cercanía de mi amiga (no soy de piedra, precisamente), no conseguía dormir. Después de dar vueltas y más vueltas en la cama, peleando contra el ángel de mi conciencia, decidí levantarme y dar un paseo por la ciudad vieja. (¿He dicho ya que mi amiga es, comment-dirais-je, una mujer muy, pero que muy, atractiva?). Como suele ocurrirme en tales casos, acabé emboscado en los estantes de una de las varias buenas librerías de la ciudad. No sé como, cuando me quise dar cuenta, tenía entre mis manos el último volumen de cuentos de Roberto Bolaño (en la foto). Apoyado en la repisa de una ventana baja, me aproximé a él con la prevención de quien no se fía de nada, y menos que de nada de los grandes, y a la vez casi inmediatos, redescubrimientos post-mortem. Cuanto más hiperbólicos, menos me fío. Que si era el mejor escritor del último medio siglo, que si era alguien que escribía en otra división, que si tal, que si cual. Y todo eso, dicho en las tapas de los libros. A la mierda. ¿Se puede estar más ciego que algunos editores? (Una vez más sólo se salva Herralde). Haberse dado cuenta antes, no te jode. Ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. Alba clara sobre el cagadero, que diría el bueno de Roberto, parafraseando al poeta por excelencia.
Bueno, a lo que voy. No conocía El gaucho insufrible. Procuro situarme, como aconsejaba Kant, siempre un paso detrás de la moda. Leí, lo primero, El viaje de Álvaro Rousselot. Por dos cosas: me llamó la atención la dedicatoria, y también el hecho (hasta estos pequeños detalles llega mi inveterado narcisismo) de que el protagonista se llamara como yo. Enseguida me di cuenta de que se trataba de una historia con llave. Una llave que yo no poseía, ni tampoco deseaba poseer. Dejé el libro, pero antes, en un último ojeo, me encontré con este hermoso párrafo:
Honestamente no tengo ni idea de en que consiste el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando, porque carecía del dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico, debí de enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano (eso te lo juro yo). Pero en resumidas cuentas el italiano no cuenta (eso también). Quizá quería decir otras cosas cuando hablaba de pensamiento débil. Es probable. Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento. Y cuando nos referimos a Kafka lo que menos importa (Dios me perdone) es Kafka y el fuego, sino una señora o un señor detrás de una ventanilla. (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino). La fuerza del pensamiento débil, lo intuí como si me hubiera mareado de repente, un mareo producido por el hambre, radicaba en que se proponía a sí mismo como método filosófico para la gente no versada en los sistemas filosóficos. Pensamiento débil para las gentes que pertenece a las clases débiles. Un obrero de la construcción de Girona, que no se ha sentado jamás con su Tractatus lógico-philosophicus al borde del andamio, a treinta metros de altura, ni lo ha releído mientras mastica su bocadillo de chope, podría, con una buena campaña publicitaria, leer al filósofo italiano o a alguno de sus discípulos (allí en Gerona, ese mismo día, se había concentrado una buena colección; lo sé porque había desayunado con ellos y escuchado a hurtadillas sus inteligentes conversaciones), cuya escritura clara y amena e inteligible les llegaría al fondo del corazón.
No podía creerme lo que estaba leyendo. Estaba en la misma ciudad. Me daba cuenta de que estaba leyendo y que, al mismo tiempo, yo estaba dentro de un libro. Era algo realmente extraordinario.

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