Notas para un diario 97

El primer trabajo que vi de Nobuhiro Suwa formaba parte de la película colectiva París: Je t´aime. En concreto, su cuento o fragmento se llama Places des Victoires. Repare en él. No fue la que más me gustó (con diferencia me quedo con Marais, la historia en la que Gus Van Sant cuenta un enamoramiento homosexual). Pero ya entonces, Suwa me pareció otro gran maestro de la separación, según la fórmula predilecta con la que Mandelstam inicia su Tristia, y que Brodsky tradujo al inglés con un memorable: I´ve mastered the great craft of separation. Todo un programa, no sólo artístico, sino de vida. Toda una teología. Ahora he podido ver tres de sus películas: Dúo, MotherUna pareja perfecta. Este último largometraje se rueda en París. Parte en una habitación de hotel, parte en el Museo Rodin. Con una cámara fija que capta, en su inmovilidad, el paso de la luz y las sombras en los rostros y los cuerpos de los protagonistas. Una pareja, nada perfecta. Cansada, desengañada, infértil. Digamos que el título es ligeramente irónico: una “pareja perfecta” viene a ser una contradicción en los términos. La película materializa el contenido de aquella frase de Rilke, de las Cartas a un joven poeta: “El amor que une a un ser humano con otro es seguramente la tarea más difícil que nos es impuesta, el punto último, la prueba final, la labor para la que todas las demás no son sino una preparación”. Está muy presente Rilke en Suwa. Mucho más radicalmente aún que Rosellini, de quien tanto se ha hablado a propósito de este director japonés. Parece que el otro genio de Praga escondiera su palidez en las salas diáfanas y familiares del museo Rodin. Suwa lo cita al menos tres veces. Yo también he pasado allí muchas horas y esta película me las ha devuelto enriquecidas, plenas de un sentido que entonces apenas comenzaba a barruntar. La imperiosa necesidad de salirse del tiempo cronológico, de las convenciones sociales, del afán de plenitud; el valor de la soledad y de la entrega. La bella protagonista suele detenerse en la figura de La catedral. Unas manos entrelazadas, pero separadas, sin tocarse. Como las vidas de los que creen que se aman. He recordado otra frase que Rilke dedicó a la escultura Las puertas el infierno, quizás el auténtico horizonte sobre el que se recorta la película:” … la mujer ha dejado de ser el animal vencido, acostumbrado a consentir. Tiene los mismos deseos y la misma lucidez que el hombre, y es como si ambos se hubieran conjurado para encontrar, entre los dos, un alma. El ser que, durante la noche, se levanta y se acerca, sin hacer ruido, hacia otro, es como un buscador de tesoros que quiere desenterrar, en el cruce de caminos que es el sexo, la felicidad añorada… Toda la humanidad sufre de un hambre que le supera y que le transporta más allá de sí misma. Son manos que se alzan hacia la eternidad…”

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