Monólogo

Otra vez sólo sombras, contornos en la oscuridad, otra vez el silencio. La luz se ha apagado tras la última puerta, más allá de la estancia vacía que nos separa. Otra vez, la oscuridad. Blanquean las hojas de las puertas. La luna, inmensa, fastuosamente brillante, proyecta en el suelo luminosos trapecios, descubre sobre la mesa metales aún no apercibidos. Ahí al lado, el resplandor levanta una palidez mortuoria en los muchachos pintados. Da la sensación de seres laminados, transparentes, de estar aguardando algo. Pero la realidad no es el momento apacible, o la sorpresa, o la sonrisa, o la presencia de un ser humano que habla, ofrece un cigarrillo y desaparece. Si no fuera porque sé que no será esta la última vez que llegue el miedo, podría levantarme, gritar, como un enfermo más: decir que ya no es posible resistir, que he llegado al fin de mi capacidad de aguante. Pero yo sé que esa no sería tampoco la última vez: sólo una vez más (y agravada). Es preciso continuar, seguir, andar… Preferiría las ventanas cerradas, porque, al menos, no oiría el mar. Si no fuera por el desmesurado resplandor de la luna, podría quedarme quieto, mirando el cielo; descubrir poco a poco los innumerables mundos que de niño me atraían y me consolaban. Pero este brillo me ciega, me duele.
(De La trampa de Ana María Matute)
(Foto Henri Zerdoun)

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