FlashBacks

1. Como hay que empezar por algo, querría dejar constancia de la aparición en castellano de un libro extraordinario, Nuestro lado oscuro. Un historia de los perversos, de Elisabeth Roudinesco (Anagrama, 2009). En el capítulo 4, y fundamentalmente a través de los textos autobiográficos y las declaraciones de los directores de los campos de exterminio, hace un análisis muy lúcido de la psicología (no siempre estrictamente patológica) de los que idearon y llevaron a cabo el asesinato masivo y sistemático de seis millones de judíos europeos. Lo más interesante, desde mi punto de vista, son las conclusiones que, a partir del análisis de la psicología, saca en relación a la especificidad de la Shoah. Su unicidad se la da el estricto carácter genocida, palabra que contiene las raíces latinas genos (nacimiento, género, especie) y caedere (matar): o sea, el genocida mata a uno o a muchos por pertenecer a una determinada gente o pueblo, o, más propiamente aún, asesina a alguien, con independencia de quien sea individualmente, de lo que haga o de lo que piense, por el mero hecho de que ha nacido. Algo en lo que, como dije en un comentario a la extraordinaria canción Strange Fruit de Billie Holiday, tiene un precedente en el esclavismo norteamericano, aunque el nazismo fue más lejos en el grado de perversión humana. Por cierto, el libro será presentado en Barcelona el próximo jueves, en el Instituto francés, y con presencia de la autora.
2. He leído y pensado mucho en Rilke, estos días. No sólo porque, cuando escribí la entrada de Una pareja perfecta, lo que tenía presente era su frase en la que dice que “la verdadera función de la persona que nos ama no es otra que la de convertirse en el guardián (custodio) de nuestra soledad”. Cuando la leí por primera vez, hace veinte años, recién casado, me pareció un programa de mínimos. Ahora lo veo de otra manera. Pero he pensado en el gran poeta de Praga porque fue, quizás, el que mejor comprendió la cuestión de El mandamiento del amor, tal y como se ha planteado aquí. Me refiero a su relectura, al final de Los cuadernos de Malte Lauris Brigge, de la parábola evangélica del Hijo Pródigo. Cuándo pone en boca del hijo que vuelva a casa estas ideas: Padre, vuelvo a tu casa porque no he encontrado nada mejor, pero, por favor, ni me ames ni me obligues a amarte. Tremendo, ¿no?
3. A este respecto, me veo obligado a recordar que el pasado 3 de febrero se celebró el aniversario de los cien años del nacimiento de la filósofa franco-judía Simone Weil (en la foto, nada menos que junto a Jacqueline du Pré). El modo en el que ha pasado desapercibido representa un escándalo y una vergüenza para la opinión pública española (y seguramente mundial). No obstante, a la Simone, que era muy fideísta y muy pasiva, como yo, no creo que le haya molestado en absoluto el descuido. Tenía la idea de que la única manera de estar presente es desapareciendo. Escribió algunos de los escritos espirituales más importantes del siglo pasado. Yo he releído estos días, como no, sus Pensamientos y reflexiones desordenadas acerca del amor de Dios. Una autentica joya.
4. Para terminar, tres flashes más. Anna Malagrida estrena exposición en la Galería Senda de Barcelona. Hasta el 14 de marzo. Adam Zagajewski da una conferencia en el Caixa Forum de Barcelona el próximo martes. Y, dejo para el final que Henryk Gorécki presentará en Londres, el próximo mes de abril, el estreno mundial de su Cuarta Sinfonía. No sé si conocéis la Tercera Sinfonía de este genio universal. Se llama la Symphony of Sorrowful Songs (Sorrow significa pena). Intentaré poner un fragmento uno de estos días. 

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