El mandamiento del amor

Diréis que tengo una mente rebuscada, y no os faltará razón, pero siempre me ha llamado la atención el hecho de que el amor pudiera ser objeto de un mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo (cf. Mc, 12.28 y ss). Así, en imperativo, y, por si fuera de poca monta la cuestión, se trata nada menos que del resumen o síntesis de la Ley (que no podemos olvidar que es norma pero también enseñanza y sabiduría) realizada por el mismo Cristo. Estamos ante el conocido como “mandamiento del amor”. Nada menos.
Pero yo no tengo nada claro que el amor se pueda mandar. O sea, que sea algo que se pueda llevar al terreno de la voluntad. Que se le pueda privar, al amor verdadero, de la espontaneidad, de la gratuidad, de la afectuosidad que escapa al control de la voluntad. ¿Será una cuestión de traducciones? Puede ser. No soy un experto en lenguas bíblicas. ¿Se trata de un problema general de lenguaje, relacionado con la amplitud del campo semántico de la palabra amor? Sí y no. El amor que se pide, o mejor, que se exige, en la tradición judeocristiana, es un amor afectivo y total. Como un noviazgo y como unas nupcias (los intérpretes del Cantar de los Cantares o del Libro de Oséas han visto en esos textos un símbolo del amor enamoradizo de Dios). En el Libro del Deuteronomio, en el que se inscribió el célebre Shemá o Recuerda Israel, se dice con claridad: Amarás (a Dios) con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas (6.5). Es evidente por tanto que el escriba divino contaba con que los lectores partirían de su idea previa de lo que es un amor así de pleno y abarcante, sin necesidad de realizar mayores distingos. Son palabras “que yo te dicto”, dice literalmente el mismo Dios, a través del hagiógrafo: quiero que tú, cada persona, las inscriba en papeles, y que los pongáis en vuestros cuerpos, en vuestras muñecas, en vuestras cabezas, que cuelguen de vuestros cabellos y en las paredes de tu casa, en las jambas de las puertas, que beséis los papeles con las palabras cuando entréis o salgáis de casa y que se mantengan siempre en lo más íntimo de vuestro ser. No lo olvides: Te insto, a ti, Te exijo que me ames.
“¿Se puede mandar el amor?” (Deus Caritas Est, 16). Es el mismo Papa de Roma el que se lo pregunta. Se lo pregunta a la vez que se pregunta por la cuestión de si se puede amar a Dios al que no vemos sin amar al prójimo a quien vemos. Pero, si vais a esa primera encíclica, Benedicto XVI, que no parece un intelectual que se intimide fácilmente, ni que acostumbre a dejar en sus escritos demasiados cabos sueltos, sólo responde a la segunda pregunta (la de la visibilidad del prójimo/invisibilidad de Dios). La primera, la que a mí me interesa más, la deja inédita. Tendré que esperar a una mejor ocasión para conocer su pensamiento sobre ese punto concreto. Intenta ponerlas en relación, y ciertamente lo están, pero al final no puede decir apenas nada sobre el meollo de la cuestión aquí planteada.
Que yo sepa sólo una vez se contesta en la Biblia a este misterio de una manera que es a la vez directa, en cuanto que responde a la pregunta sin huir de ella, aunque indirecta en otro sentido. Es San Juan, cuando dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (cf. Jn, 4. 10,19)
Ni quiero ni puedo cerrar este círculo. Sería demasiado fácil concluir que, entonces, sólo se trataría de dejarse amar. Algo pasivo. Pero el amor verdadero no puede ser sólo pasivo. Los místicos lo expresaron muy bien, llenando de verbos de actividad sus descripciones de los éxtasis. Se trata entonces, acaso, de un amor en dos etapas o tiempos: primero, el amor de Dios y después, como una respuesta, el amor a Dios. En tal supuesto, me pregunto lo siguiente: ¿Y los que no experimentan en su vida en modo alguno el Amor de Dios? Adelanto que no es mi caso pero conozco mucha gente que así me lo ha confesado. ¿Mienten? ¿Están ciegos o sordos? Por ejemplo los que no pueden experimentar el amor de alguien a quien no ven, cuando aquellos a los que han visto, lejos de amarles, les han odiado y maltratado.
Esto me lleva a otra cuestión, aún más complicada y dura: la de la llamada o elección de Dios. De sus elegidos y sus preteridos. Pero de eso hablaré otro día; me he quedado exhausto.
Si alguien quiere iluminar estas tinieblas mías, en asunto tan capital, le estaré eternamente agradecido.

12 Comments El mandamiento del amor

  1. Annie Leibowitz 14/02/2009 at 12:47

    esto de pensar, o de creer más bien, que el amor es un designio de dios, no me extraña que te deje exhausto. :)

    Hace 500 años, Copérnico nos destronó del centro del universo utilizando el método científico. Sin embargo, seguían enseñándonos que éramos especiales y que éramos los elegidos de la creación. Con Darwin, que nació por estas fechas hace 200 años, aprendimos que todos procedemos de un origen común: somos una comunidad andante de bacterias y, gracias a él, un creyente convencido que tardó mas de 20 años en publicar su obra porque quiso estar seguro, nos hemos liberado definitivamente del pensamiento dogmático.

    No se me ocurre mejor luz para iluminar que la del conocimiento humano.

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  2. AnaCó 14/02/2009 at 13:17

    Pienso que San Juan lo dice de un modo que conecta bien la necesidad antropológica de un amor que requiere esa espontaneidad y gratuidad de la que hablas, junto con una exigencia: donde no hay amor, siempbra a mor y encontrarás amor. Nada llama al amor como el sentirse amado radicalmente por alguien, tarde o temprano esa predilección acaba por enardecer el corazón. En ese sentido se puede “exigir” a partir de la fe, porque nadie cae fuera del amor de Dios, de ese enamoramiento eterno que le ha llevado a crear a cada persona que ha llegado a la existencia(aunque sólo sea en el vientre de su madre durante unos minutos o 16 semanas…)
    Devolver amor por amor tiene entonces una doble cara(por lo menos)
    -sólo el amor es una respuesta válida al amor primero, no cumplimientos de normas a secas, sino ese dulce sometimiento que experimenta quien ama hacia el objeto de su amor: se le va la vida en complacerle.
    -y por otra que la exigencia de respuesta no es un mandato legal, sino inspirado, como un pequeño empujón lleno de delicadeza para hacernos caer en la cuenta de cúan amados hemos sido y somos, es casi una súplica: ámame, que en el lenguaje tiene la misma forma del imperativo.
    No sé…yo también me he quedado un poco exhausta.

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  3. FAV 14/02/2009 at 17:03

    Pieper.

    Amor: “entendemos por ello es esa fuerza capaz de producir una unificación y una comunidad entre dos seres, que no sólo sirva para el periodo de tiempo que dura un episodio o una aventura de apasionada fusión, sino para toda la vida, que incluya y realice todas las dimensiones de la existencia, que absorba e integre todas las formas y todos los aspectos del amor entre personas humanas”

    Es una maravilla amar y sentirse amado pero es muy esforzado y sirve todo lo dicho, y con más razón para el Amor de y a Dios

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  4. paisajescritos 14/02/2009 at 21:31

    No creo que te ayude mi pregunta, ¿por qué has elegido a “Susana y los viejos” para ilustrar esta entrada?
    Un apunte más, que tal vez deja adivinar el tema de la voluntad y del amor: la obrita de Fromm. Como te pasa a tí, a mí es algo que me sorprende y me cuesta comprender, de hecho nunca se me había pasado por la cabeza hasta aquel buen día en que me vi las caras con El Arte de Amar.

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  5. José Ignacio 14/02/2009 at 23:26

    ¿No nos das más opción que ser o mentirosos o sordos y ciegos?

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  6. Alvaro de la Rica 14/02/2009 at 23:57

    José Ignacio: seguramente me he expresado mal; en realidad quería decir justo lo contrario de lo que tú has interpretado. Me refería al supuesto de que se pudiera exigir el amor como una respuesta necesaria a un amor previo. Y me pregunto qué ocurre con quien dice de entrada que no lo experimenta. Entonces, con una evidente reticencia, digo que no irá nadie a pensar que sean personas ciegas, sordas o mentirosas. Justamente para manifestar que yo no creo que se trate de eso. Que hay algo más inexplicable en esa ausencia de experiencia de Dios.

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  7. Alvaro de la Rica 15/02/2009 at 00:04

    Magdalena: no me ayuda tu pregunta en la medida en que sé muy bien porqué he elegido ese cuadro; no ha sido una elección inconsciente, si te referías a eso
    Seguro que tú lo sabes también.
    Hablaré pronto de Fromm.

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  8. Alvaro de la Rica 15/02/2009 at 00:09

    Corina: creo que todo se entendería mejor si se cambia la palabra “mandamiento” por “súplica”. Pero me temo que el texto bíblico no dice eso.

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  9. Alvaro de la Rica 15/02/2009 at 00:17

    Apreciada señora Leibowitz: ¿una comunidad andante de bacterias?…

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  10. Alvaro de la Rica 15/02/2009 at 00:18

    No acierto a ver en qué sentido incide la aproximación de Piper en lo que yo he planteado, pero debe de ser seguro la hora de la madrugada en la que he intentado pensarlo

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  11. alfonso 15/02/2009 at 20:01

    El Padre nos ama , como nosotros amamos a nuestros hijos pero ese amor es a cambio de nada, incluso a cambio de indiferencia- Ese es el gran misterio que no cabe en nuestras cabezas. Alguien que nos ama hasta la muerte y no pide nada a cambio .Dios no ha elegido a nadie en particular , al mandarnos a su Hijo nos dejo claro que no había pueblo elegido , todos estamos invitados encontrar el Amor.
    El día que te decides a corresponder a ese Amor , descubres que el prójimo es el camino que nos ha dado.

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  12. Dani 17/02/2009 at 12:24

    don Álvaro, creo que sus indagaciones e inquietudes revelan la centralidad de este tema del amor humano, y creo que la dedicación de la primera encíclica del Papa a este tema está en esa misma línea: el problema del amor es, verdaderamente, nuestro mayor problema (y la mejor solución). A mí también me interesa muchísimo. Creo que Vd ha dado pasos cruciales en su clarificación: que el amor no es sólo pasividad, o mejor, que la pasividad del amor (el don del otro que se acoje) es, precisamente, fuente de la mayor actividad (“El amor nunca está ocioso”, dice San Gregorio Magno). Y segundo tema (por decir dos, que podrían ser muchos más): el amor humano y divino es la misma historia (misma experiencia, en una misma persona, con análogos procesos afectivos, con idéntico fin: la “posesión” (como disfrute, como experiencia de alcanzar y entrar en el otro) del amado: o sea, la felicidad, aquí y más allá (cada cosa en su tiempo y nivel). Por eso no me gusta esa separación un poco dualista de analizar “humanamente” (científicamente) el fenómeno del amor: como si Dios no se hubiera expresado en amor humano, y el amor humano no tuviera una esencia trascendente. UNIR, NO SEPARAR. Esta clave ilumina la mayor parte de los problemas humanos.
    Por fin, le propongo otra cita bíblica que responde como la de Juan al sentido del amor como mandato: “Amaos (mandato) como yo os he amado (sentido de donación previa, porque os he amado, como respuesta a ese amor y en la forma y modo en que yo lo he hecho: fino in fondo)”. En fin, un saludo. Leo con mucho gusto su blog, y me sirve de guía literaria, con resultados desiguales.

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