C.S. Lewis

Acudir a diario a las librerías tiene serios inconvenientes, pero de vez en cuando nos depara alguna grata sorpresa. Encontré hace dos días un pequeño libro titulado C.S. Lewis. Apologista y mártir (Olañeta, 2008), de un tal James S. Custinger. El pequeño volumen está dedicado a discutir un asunto: si Lewis era o no un místico. Y diréis: ¿y a quien le importa? Pues a mí, por ejemplo. Y no sólo me importa sino que os confieso que es el tipo de cosas que de verdad me quitan el sueño. Naturalmente que tenía mi opinión sobre el particular, antes de leer a Custinger. Dicha intuición (que Lewis sabía) no ha hecho sino confirmarse tras la lectura de este opúsculo. Custinger parte de la distinción que se encuentra en el Libro V de la Consolación entre intelecto, razón, imaginación y sentidos. Sitúa a Lewis en el terreno temperamental de la imaginatio, y a partir de ahí muestra que se trataba de una imaginación simbólica, la única capaz de enlazar lo visible y lo invisible. Al final de los Cuatro amores (distinción que por cierto se corresponden con la concepción de Boecio), Lewis se refiere al amor sobrenatural (agapê) cuando dice que sólo «Dios sabe, no yo, si alguna vez he probado este amor. Quizás sólo he imaginado probarlo».
Además he encontrado este otro tesoro.

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