Notas para un diario 78

Sabía perfectamente que te iba a gustar la cita del Monte Athos, aunque naturalmente no te consuele de nada. En el monte sagrado en realidad hay 20 monasterios que, bajo la soberanía de Grecia, se gobiernan con autonomía: una de las normas es que en ese territorio esplendoroso y macedonio sólo pueden vivir hombres, o sea varones. Y eso es así desde hace mil años: desde que San Anastasio fundara El Gran Laura, el más antiguo de los veinte, hacia el año 962. De modo que parece que allí han vivido gentes que no han visto nunca a una mujer… ¿Increíble? Puede ser. Mi adorado Savinio cuenta, en La infancia de Nivasio Dolcemare (Siruela, 2005), la historia del monje Miguel Tolotos, que había sido recogido pocos días después de su nacimiento en las ruinas de su casa destruida por un terremoto, y llevado al convento de donde no había vuelto a salir nunca más. Savinio se pregunta: “¿Qué concepto puede tener de la mujer un hombre que no ha visto nunca a una mujer?” Y continúa con un párrafo admirable que paso a copiarte íntegro. “Uno se imagina una criatura ajena a las ansias y sentimientos que inspira una mujer, pero la verdad es otra. No haber visto nunca a una mujer es quizá la mejor condición para recibir el influjo del eterno femenino. Al igual que en el arte, el amor más elevado es aquel que no se cumple en la realidad. Ese poco físico que hay en el amor de Dante por Beatriz ensombrece el esplendor de aquel inefable sentimiento. Y cuando hay algo que impide la realización física del amor, el amor se enaltece hasta lo sublime, como en el caso de Eloísa y Abelardo. Sin olvidar que alguna mujer, si no viva al menos pintada, debe haber visto Miguel Tolotos en el convento del Monte Athos, aunque sólo fuera el rostro negro de la Virgen, protegido por la plata del icono, que allí llaman Panaguia, es decir, Todasanta. Y una imagen basta, como le bastó a Teofastro Bombasto de Hohenheim, llamado Paracelso, la imagen de Nuestra Señora de Einsiendeln para conocer el rostro de su madre, a la que nunca había visto. E incluso si la imagen de la mujer falta, no falta la imaginación de la mujer. Pues la mujer está en nosotros más de lo que nosotros estamos en ella. Y al igual que la mujer como cuerpo nace de una costilla nuestra, la mujer como idea nace de uno de los pliegues más recónditos de nuestra mente”. Te voy a decir algo, inter nos: se me ocurren tal cantidad de cosas tras haber hecho de copista del italo-griego que creo sinceramente que lo mejor que puedo hacer es dejar reposar el asunto al menos hasta mañana. Sea.

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