Notas para un diario 68

Y Patinir. Y Giovanni Bellini. Y Giulia Lama. Al menos permíteme añadir estos tres a la lista de pintores, que si no me siento como amputado, no podía dormir pensando en que los había traicionado no mencionándolos. De madrugada he comenzado a pensar y a obsesionarme con Giulia Lama. Sí, es la pintora cuya imagen colgaba de las paredes del despacho y en el fondo del escritorio de mi ordenador. La misma, autorretratada. Pobre Piazzeta! Esos volúmenes, la tournure, el color de la carne, de los labios, del pañuelo, el rojo sobre la paleta. No nos lo creemos, y te advierto que somos varios los que defendemos la tesis del autorretrato. ¿No? Ahora no me dejéis solo ante el peligro, que defecciones ya he tenido bastantes últimamente. (Lo único que os pido es que no dejéis de ver el cuadro en vuestra próxima visita a Madrid, mientras aquí tenéis una reproducción decente) Y nunca más a propósito la oportunidad de hablar de la Encarnación, en el contexto de estas últimas “anotaciones de condenado” que vengo escupiendo los últimos días. Como veis, no rechazo ningún reto intelectual, por arduo que sea, siempre que la cuestión me interese, claro, que si no me convierto en ese mismo instante en el bobo de Coria. La Virgen es la puerta de entrada del Verbo, la puerta de su anonadamiento, de su degradación ontológica, que a la vez es su historia de amor con el hombre, tema por cierto muy querido por Kafka, como queda más que demostrado en su relato sobre la metamorfosis: no hay que ser un lince para darse cuenta de que más que una transformación, lo de Grégor Samsa es una degradación y una epifanía: de hombre a bicho, aunque aquí también las cosas suben y bajan y pueden depender del punto de vista que se adopte. Pues bien, hablemos de la Encarnación, tema dominical donde los haya. Una de las maneras de entrar por la puerta de este misterio consiste en pensar en el porqué de la encarnación del Verbo en un hombre y no en una mujer. No me valen respuestas del tipo “fue así porque nació en un sociedad patriarcal”. Tratándose de la Omnipotencia divina, a mí me parecen ridículos los intentos de reducirlo todo a argumentos humanos: es justo al contrario, es la cultura patriarcal la que depende del dato teológico y no a la inversa. Aunque suene a chiste, prefiero pensar que puestos a ser humilde, mejor fue encarnarse como hombre; al fin y al cabo, no pocos exégetas del Génesis han señalado que primero creó al hombre y, vistos los fallos, en un segundo intento hizo a la mujer. Incluso se ha llegado a afirmar que la encarnación del hombre era la única forma de solidaridad posible del Verbo con los barones, dada su inferioridad. ¿No está en su esencia la cercanía con el pobre y con el débil? ¿Bobadas? Puede ser, pero me parece una bobada mucho menos sutil la de ver en la Encarnación un modo de minusvaloración de la mujer. Claro que repito que estamos ante un misterio, y por tanto conseguiremos antes crecer diez centímetros más y aclarar el iris de nuestros ojos que resolver el enigma de los enigmas. Pero tampoco hay que ser vagos, que pensando se puede arrojar algo de luz sobre el asunto. Una vez escuché, de un teólogo checo (no era Kafka), un argumento que me pareció considerable, dada la dificultad del tema: empezaba por decir algo evidente, en estas cosas: para esclarecer un misterio teológico hay que ir de adelante hacia atrás. O sea, que la Creación depende de la Encarnación, y no a la inversa: de ahí lo del Cristo como alfa y omega, como Plenitud (o sea, como lo opuesto a la Nada de la que somos creados). La creación de dos sexos depende de la concreta condición sexuada del Salvador, y no al revés. Por lo tanto, la Creación dependió del hecho anterior, dicho sea en el sentido entitativo del adverbio, de que Cristo iba a nacer barón e iba a nacer de una mujer. O más específicamente: porque iba a nacer de mujer. Este último dato es definitivo, aunque sea muy posterior en el tiempo: Si la madre del Verbo encarnado consigue dar a luz virginalmente a Cristo gracias a la intervención divina, en el supuesto de un padre humano la naturaleza tal y como fue creada no ofrece a la intervención sobrenatural esa posibilidad. El hecho de que María fue mujer exigía que Cristo fuese hombre. Tenía que ser mujer porque un hombre no puede engendrar y la complementariedad María/Cristo, Mujer/Barón, venía exigida por la creación de dos ediciones de la imagen de Dios. La cuestión, si habéis seguido este razonamiento, queda pendiente de el dato previo de la exigencia de complementariedad sexual como plenitud y perfección de la persona (mujer y barón) imagen de Dios. Para aproximarse a esto hay que entrar en la noción de persona divina y en el dogma trinitario. En Él se encierran las más bellas respuestas a no pocos misterios de nuestra existencia. Por ejemplo, piénsese que la relación Primera persona (Padre) con la Segunda Persona (Hijo), debe de tener un correlato en la Creación. ¿Cabe pensar una relación más semejante que la que se produjo entre María y su Hijo? La escena de la Cruz revela este triángulo de amor: el Padre “sufriendo” en el Cielo y la Madre dolorosa en la tierra, y en el cruce el Hijo sufriente. Una doble pietas. Ese es el motivo por el que los padres orientales han hablado de María como icono del Padre. No es que sea el Padre, sino que lo revela en su perfección amorosa, como madre. No olvidemos que llamamos Padre al Padre de modo análogo. Es Padre y Madre (cf. Isaías, 66.13). Las dos ediciones de la imagen divina, en su carácter sexuado, hallan en la Primera Persona su fundamento último o su único fundamento. La exigencia de complementariedad, entre María y Jesús es un camino de ida y vuelta: María revela el semblante femenino de Dios que el Verbo, en su naturaleza individual humano-masculina, ocultaba. Una bella conclusión existencial es que ninguna persona está completa si está sola. Como en la Trinidad, en la que las personas son relaciones de amor. Si el Verbo encarnado necesita compañía, mejor es que ésta le complemente en lo que le falta como hombre, en su feminidad. Y así podríamos seguir, pero no lo voy a hacer, que a lo mejor se me enfandan los curas por hacerles la competencia desde este blog, siendo esa la más alejada de mis intenciones. Además, a mí mismo me está entrando un dolor de cabeza como el que le entró a San Agustín en la famosa playa en la que un niño había hecho un agujero en la arena para meter dentro el mar. No sé. La cosa anda por ahí, pero hay que reconocer que no es nada fácil ponerle el cascabel al gato de esa gran construcción que es la teología católica. Para colmo, Paula, atareada, ha pasado ya tres veces por mi lado sin decir nada ni quejarse, lo que me parece una forma de reclamarme de lo más incisiva y delicada. Pues eso, que me voy a comulgar y a Misa. Si no fuera por Paula…

5 Comments Notas para un diario 68

  1. Lauren Mendinueta 19/10/2008 at 10:35

    Curiosamente vi este cuadro no hace mucho, a finales del pasado agosto. Son tan tristes los sentimientos que refleja en la mirada que me parece imposible que no sea un autorretrato fiel a su vida interior. Gracias por recordármelo. Un abrazo

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  2. Alvaro de la Rica 19/10/2008 at 10:51

    Lauren, creo que has leído la entrada cuando no la había introducido entera. No te eximo de leer la homilía completa.

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  3. molinos 19/10/2008 at 17:38

    Estimado Profesor,
    Me he perdido a la mitad…puede que sea por que estoy cansada..no creo que sea por su culpa aunque “sentido entitativo del adverbio” no me parece educativo.

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  4. Bastian 23/10/2008 at 08:40

    Muy interesante: nunca me lo había planteado y me gusta el razonamiento: me lo guardo para pensarlo. Por cierto, “degradación ontológica” no obtendría el “nihil obstat”, si algún día te decides a publicarlo.
    Una gansada: algunos dicen que el demonio tentó primero a Eva no por que la considerara más voluble, si no porque sabía que Adán jamás habría convencido a su mujer de que probará aquella fruta. Al revés, sin embargo, era más sencillo, y sigue siéndolo.

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  5. rfu 08/12/2008 at 12:55

    Creo que en el mundo del blog, tan rápido, no tiene mucho sentido publicar un comentario en una entrada de hace mil años. Pero puesto que el tema te sigue rondando en la cabeza, aquí va mi comentario, que no pretende hacer teología sino simplemente acercarse a la “teosimpatía”.
    Me parece muy interesante lo que dices sobre leer los acontecimientos de adelante hacia
    atrás. Teóricamente estamos acostumbrados a hacer la exégesis así, desde el nuevo testamento se interpreta el antiguo. En la práctica no siempre sucede de este modo,
    pesa mucho la propia tradición judía con su interpretación desde el origen. Estoy también
    muy de acuerdo con lo que dices de los argumentos humanos que pretenden reducir todo a
    datos sociológicos. No se puede menospreciar el respeto que siempre tiene Dios por el desarrollo de la historia de los hombres, en su vida humana en la tierra se plegó a muchas costumbres, modos y maneras. Pero no se puede reducir la interpretación de un hecho tan fundamental –o del hecho fundamental- como la Encarnación a un contexto cultural.
    En cuanto al tema principal de tu entrada, el argumento es sugerente. La Madre virginal solo podía ser mujer, luego convenía que el Hijo fuera varón. De todas formas no deja de ser un acercamiento tentativo, porque siguen siendo misteriosas algunas preguntas previas como la que apuntas, la complementariedad sexual como plenitud y perfección de la persona como imagen de Dios (que yo suscribo) o como la pregunta sobre por qué el nacimiento del Señor tenía que ser virginal si realmente la plenitud está en la complementariedad.
    Hay también otro tema relacionado con este y es la vocación (la palabra no es correcta porque no me refiero a una llamada sino algo inscrito en su ser) de la mujer a la maternidad. Todo el cuerpo y la sicología de la mujer están preparados para la maternidad, de manera mucho más explícita que los del hombre para la paternidad. Si Dios se hubiera encarnado en una mujer casi necesariamente hubiera tenido que ser madre, lo cual claramente no convenía, porque, por decirlo rápido y mal, el Dios encarnado es una especie única. Es otro acercamiento a la necesidad de la complementariedad sexual que, además, por elevación simbólica (ya que puede darse tanto en el varón como en la mujer), también revela algo sobre la virginidad.
    (Álvaro, me siento un poco “freaky” hablando de estas cosas…)

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