Notas para un diario 49

Hete aquí que un buen día, sin previo aviso, el Señor escoge a tres de sus apóstoles (¡menuda elección!) y les pide que le acompañen al monte. Una pregunta, en passant: ¿el Señor sería una persona previsible? Habría mucho que hablar al respecto pero yo prefiero pensar que no, que sería más bien todo lo contrario y que costaría mucho seguirle, ponerse a su altura, adelantarse a sus movimientos.
Bueno, pues eso, que de repente les dice que suban con Él al Tabor. Supongo que Juan, Pedro y Santiago irían más bien inquietos: desde hacía poco el maestro se había puesto más sombrío, como si el tiempo se recortara delante de ellos, hablando de unas cosas extrañas que iban a sucederle en un futuro próximo; cosas que ponían los pelos de punta con sólo oírlas nombrar. Quizás alguno de los tres (¿Juan?) pensó que por fin iban a estar solos y que quizás era el momento de preguntar directamente qué pasaba. A lo mejor no iba a hacer falta: el Señor conocía muy bien su inquietud profunda y tal vez aprovecharía para desahogarse con ellos tres. No habría sido la primera vez ni la última.
En realidad sucedió algo así pero de un modo completely unexpected. A pocos metros de la cumbre, el Señor se transfiguró de gloria: sus vestidos se pusieron blancos blancos blancos y su rostro se tornó en algo irreconocible y luminoso. Los apóstoles cayeron en un una especie de sueño: como una preanestesia que impidió que murieran en aquél instante único. Oyeron voces, ellos mismos pronunciaron algunas palabras sin entender su contenido. Algo sobre unas tiendas y sobre Moisés y Elías. De una nube oscura salió una voz inconfundible que les instaba a escucharle a Él. Apenas entendieron nada pero quedaron maravillados, con una sensación a la vez de miedo y de gozo. El Maestro les pidió silencio absoluto hasta después de su resurrección. ¿De qué habla ahora? Sólo Juan entendió un poco. Lo suficiente como para no escribir jamás sobre ese suceso (siendo el único evangelista que lo presenció en carne mortal), acaso uno de los más trascendentales de toda su vida. Pedro lo hizo en una carta, pero Juan no fue capaz. ¿Por qué? Un nuevo misterio que se añade a otro misterio.
(Foto: Untiteld, Seagram murals, c. 1958)

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