Notas para un diario 44

Hace un mes me hablaron de una pintora de origen portugués. Lo hizo su hermana, también artista. Cuando llegue a casa, busque aquí y allá y encontré en la red algunas pinturas y esculturas. No quiero hablar mucho de esas imágenes porque en realidad aún no las he tenido delante; ni siquiera sé a ciencia cierta si todo esto ha ocurrido de verdad o tan sólo lo he soñado una de estas noches, mecido por el calor. No obstante se desprendía de ellas una atmósfera de la que me gustaría decir algo: en una primera serie que estaba hilada con la oración de Teresa que llevo desde niño en el pecho, en cada imagen, sobre el fondo de la ecografía de una mujer gestante, una pareja se abraza amorosamente. Aparecen hombre y mujer recostados sobre los millares de cortes fotográficos de las entrañas de la vida. En realidad hay muchos abrazos en toda su pintura. También en las últimas, no demasiado recientes, en las que el seno materno se abre al mundo exterior; para ser más exactos, los que se abrazan se recortan sobre algunos mapas viejos, representaciones inexactas aunque bellas del mundo bello e inexacto. Creo que el abrazo es la idea, o sea la visión esencial de ese sueño. El entrelazamiento, la faiblesse, el sexo, la ternura, el alma, el sueño. Yo, por mi parte, he recordado al Rilke de la Segunda Elegía: “Los amantes podrían, si entendieran esto, hablar extrañamente en el aire de la noche”
Las figuras, blancas, estilizadas, no tienen rostro; apenas aparece esbozado de perfil en una o dos de ellas. Todo permanece hundido en un silencio trascendente (Sais-je qui je suis?). El mundo se cierra, a veces para dar vida del modo más sordo y doloroso. Se abre la mujer (¡cuánto menos el hombre, que abraza con afán de poseer, sobre todo en el espacio de los mapas!) y se abren unas maravillosas ventanas de las que me enamoré a la primera. Unas maderas rotas y recompuestas con lañas (como mi vida), a medio barnizar, abren un interior en el que reposa un ángel. Hace tiempo que no encontraba un sentido tan absoluto de las proporciones: el tamaño de las formas angélicas varía completamente de un cuadro a otro pero siempre es admirable. Como en las estelas áticas, las figuras no reclaman un espectador sino que son ellas los que miran, esperan y acogen (acaso también piden algo: que no robemos la intimidad de nadie e incluso cosas aún más íntimas y difíciles de dar). Como en Tobías o en Jacob. No son victorias, ni putti ni querubines. No tienen alas: su gracia está en la forma tan leve en la que se presentan recostándose. Son una mera presencia. Silencio puro: no cantan, no llevan cirios ni incensarios, no tañen ningún instrumento, apenas se mueven del sitio que les ha sido asignado en la ventana. Qué paciencia tienen. De hecho, parecen algo cansados. Tal vez rezan. Por las víctimas, los pobres, por los que sufren. Por ti. Por mí, que tanta falta me hace, sobre todo desde que he visto esta pintura-recordatorio. ¿O es un sueño? ¿Qué mensaje me traéis, ascéticas imágenes? Decídemelo ya: hay mucha angustia en la espera. “Este mensaje debes esperarlo dormido: no seréis los últimos mensajeros en hacerlo así pues vuestro corazón os sigue sobrepasando como a aquéllos, y ya no podréis ni seguirle con la vista, hasta las imágenes que lo amansen, ni hasta los cuerpos divinos en los que, más grande, se moldée”.

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