Notas para un diario 39

Tercera conversación frente a un gin-tonic
-Hola. Hacía tiempo que no hablábamos.
-Pues sí, la verdad. No lo echaba de menos.
-¿Hace falta ser tan cruel?
-Y, ¿qué tal te está yendo últimamente?
-Increíblemente mal.
-Ya estamos.
-Desde hacía tiempo que pensaba que ya nada podía empeorar, pero me he equivovado de medio a medio.
-Te advierto que están empezando a sonar violines. Venga… cuéntame algo interesante. Te conozco.
-Te voy a contar un sueño. No de anoche sino de la noche anterior a la de anoche.
-Adelante, te escucho. Para que digas que no te aprecio.
-Gracias. El sueño es el siguiente. Estoy en una pequeña ciudad junto a un lago. Creo que estoy de paso, visitando a una persona en un asilo. No consigo reconocer a nadie. Ni a la persona en cuestión, ni a mi madre que me acompaña, ni siquiera a mí mismo. Tengo una sensación espantosa. Físicamente. Estoy en un pasillo fumando. De repente me falta el aire y tengo que salir a escape. Me tambaleo. Pierdo el equilibrio y tengo que apoyarme en el muro exterior del mortuorio. Estoy desorientado y confuso y empiezo a subir por una calle angosta, no sé hacia donde.
-Si lo que querías era asustarme, no lo estás consiguiendo.
-Te estoy diciendo la pura verdad. No te rías de mí, aunque sé que te parezco patético.
-No te pases, que sabes que es broma.
-Bueno, ¿sigo o no?
-Por favor.
-Ese tono me gusta más. Bueeeeeeno, pues eso: que me encamino no sé adónde por una calle estrecha que asciende entre los gruesos muros de las casas hacia el centro de un pueblo. Lo peor es que tenía que conocer el camino. Había pasado por allí mil veces. De niño. Lo sabía. No me preguntes porqué pero lo sabía. Sin embargo no sé hacia donde voy. A mi confusión y malestar físico, se añade ahora una intensa angustia. No veo nada. No recuerdo nada. No sé quién soy. Las cosas que tengo delante es como si no las viera. ¿Sabes a lo que me refiero?
-Creo que los psiquiatras le llaman a eso desrealización.
-¿Por qué sabes tú eso?
-Y a ti qué te importa… 
-Noto cierta tensión, y no me refiero a lo de siempre. Ya te he dicho otras veces que da gusto hablar con gente culta.
-Y ahora, ¿quién se ríe de quién?
-No me río en absoluto pero tengo que reconocer que siempre me sorprendes.
-Sigue con tu relato, por favor.
-Pues eso, que estoy completamente perdido en medio de un lugar que debería conocer pero que no reconozco en absoluto. Sigo caminando por ese dédalo de callejuelas y no consigo nunca encontrar el camino hacia el centro.
-Y ¿qué haces?
-Sufrir como un desconsolado. Buscar una salida, sin ningún éxito. Bueno, miento: sólo tengo un punto de referencia: la torre de la iglesia de Santa María.
-¿De verdad que es un sueño?
-Por supuesto, ¿por qué?
-Me parece más bien un alegoría…
-No lo había pensado, pero…, pues, sí, puede que también lo sea. Lo único que te puedo prometer es que lo he soñado anoche.
-¿Anoche?
-No, la noche de antes de anoche.
-Vaya.
-No te lo crees.
-Por supuesto que sí. ¿No lo parece?
-Sí lo parece. Eso es lo que me preocupa de ti, que las cosas parecen…
-Ahora soy yo la que me he perdido.
-Sólo quería decir que no entiendo bien que significa todo esto.
-A qué todo te refieres.
-Ya lo sabes.
-No estoy segura.
-Me refiero a nuestra amistad.
-Y qué es lo que no entiendes.
-No entiendo nada. No le veo sentido.
-Deja que las cosas sigan su curso.
-Pero eso no vale para nosotros.
-¿Por qué?
-Porque nosotros damos el curso a las cosas.
-No te lo crees ni tú.
-La verdad es que no. Pero deberíamos hacerlo.
-Pues hazlo.
-No tengo fuerzas para eso.
-Yo tampoco.
-Ya estamos otra vez en el mismo lugar.
-Exacto.
-Exxxacccto.

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