Notas para un diario 42

Mientras me decías, una noche a las tres de la mañana, que te picaban las plantas de los pies, acribillada como estabas por los mosquitos, yo pensaba también en la cantidad de veces que, en los últimos años, he pedido la gracia del desencantamiento. Sólo una gracia. Te confesé entonces todo aquello que me avergonzaba, hasta lo más soez y humillante, incluido lo que te concernía directamente a ti. No pestañeaste. A cambio me entregaste todo, diciendo cosas que aún no habías dicho a nadie. No lo olvidaré jamás pero, como no podía contestarte directamente, te dije que al ver las esculturas griegas pensaba que algo se había perdido irremisiblemente en el camino. Tú me dijiste que habías comprendido por fin a qué se refería Platón con aquello de que «los enamorados deben entregarse antes a quienes sólo los desean que a quienes los aman de verdad». Me dijiste que te había costado veinte años entenderlo y que siempre, en todo aquel tiempo, se lo habías explicado mal a tus alumnos. «Si alguien no debe tocar a los enamorados es quienes los aman; los demás que hagan lo que quieran». Claro… ¡por fin lo entendía! Sólo entonces comprendí también algo aún más importante. ¿Qué? Pues que Dios trabaja desde dentro en todas las cosas. Valete curae!

(La foto: Fausto Barberini, de la Pinacoteca de Munich)

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