Notas para un diario 28

No entiendo nada. ¿Cómo has llegado a mi vida? Ha sido de repente y para recordarme todo lo mejor. La verdad es que llevaba tiempo rezando para salir de una situación angustiosa. ¿Eres tú la respuesta? Creo que sí. Te veo bajando las escaleras, despacio, dos inmensos ojos verde-agua acercándose a mí. Me tiendes un papel, casi en blanco. Está lleno de amor y de sabiduría. No me hace falta leerlo, lo veo en tus ojos de niña. Con el papel en blanco me lo das todo, sin pensarlo. Me hablas y me metes dentro de ti. No lo dudo un instante y entro por la puerta. Me encuentro un espacio luminoso y azul. Me coges de la mano y me das varias vueltas alrededor. Nunca me he sentido tan tranquilo, aunque veo que sufres y eso me acongoja. ¿Puedo hacer algo? Me pones un dedo en la boca para que me calle. No quieres que te ayude. Me haces sentir que lo importante soy yo y solamente yo. Sólo quieres estar bien, estar conmigo en silencio, compartir un instante de plenitud. Me hablas despacio y me lo cuentas todo. En unos pocos segundos, te conozco desde siempre. Juntos celebramos una infancia. Azul. Empezamos a hablar en bajo, no sé porqué. Quizás porque nadie más entendería todo lo que queremos decirnos. En ese instante, deseo ser mejor, ser lo mejor que pueda ser. Serlo para ti y poder permanecer a tu lado, sin mirarte. Un milagro. Nos cogemos de la mano, para siempre. Siempre! Cruzamos una playa por la tarde y seguimos sin mirarnos. No nos hace falta. Estamos ahí, juntos, con los ojos bien abiertos, mirándonos con todo el amor del mundo. Nunca nada ha sido tan fácil. Y todo gracias a ti.
(El cuadro de la foto es de María Perelló y se llama Azul)

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